Hace cuarenta años, el 26 de abril de 1986, a las 1:23 a. m., el reactor número 4 de la Central Nuclear Vladimir Lenin, en Ucrania –entonces parte de la Unión Soviética–, explotó durante una prueba de seguridad pésimamente conducida, lo que puso en peligro a cientos de millones de seres humanos. La magnitud de la explosión equivalió a cuatrocientas veces la de la bomba de Hiroshima.
Cuando esto ocurrió, yo ejercía como jefe de Misión en Bulgaria. Mi esposa, mis dos hijos pequeños y yo vivimos la experiencia de un desastre nuclear a 800 km de nuestro hogar. La nube de radiación cubrió buena parte de Europa, extendiéndose hasta los Urales.
El secretismo, dogma del aparato estatal soviético y de sus aliados en el Pacto de Varsovia, optó por no informar sobre la explosión del reactor y retrasar la respuesta a la catástrofe.
El 1 de mayo se conmemoraba en todos los países socialistas el Día del Trabajo y de la Solidaridad Internacional. Luego de los actos oficiales, me enteré por mi radio transoceánica –nuestro vínculo con el mundo occidental- de que una nube de radiación nuclear había sido detectada en Suecia y que, por las corrientes de viento, “podría venir de algún lugar en la URSS”. Esto generó en nosotros una profunda preocupación ante una amenaza invisible, impalpable y mortal.
Las recomendaciones eran que a todos los niños, especialmente aquellos de menos de un metro de altura, como los míos, se les administrara yodo para saturar la glándula tiroides, a fin de que la radiación no les afectara.
Como el sistema médico era centralizado, era imposible conseguir yodo en Bulgaria, donde se negaba la existencia del problema. Acudimos a nuestros colegas diplomáticos de los países “amigos” occidentales para pedir cuatro gotas de yodo para nuestros dos tiernos hijos, y nos respondieron: “En casos de emergencia, las farmacias de las embajadas solo atienden a sus nacionales”. La impotencia y frustración que sentí la reviví cuando, en plena pandemia, algunos Gobiernos prohibieron la venta de vacunas a otros países.
Un diplomático uruguayo y yo decidimos partir en coche a Tesalónica, ciudad a ocho horas de distancia. Llegamos de madrugada y pudimos obtener yodo gracias a unos amigos. Regresamos inmediatamente y pudimos así administrar yodo a los niños de nuestros vecinos búlgaros y a los de nuestros colegas diplomáticos que no tenían acceso al medicamento.
Días después, al revisar el seguro de salud que nos proporcionaba la Cancillería ecuatoriana, encontramos que no cubría “accidentes nucleares”. Durante más de una década, nuestros hijos se sometieron a exámenes para verificar si la radiación no les había afectado.
Chernóbil nos demostró lo que ocurre cuando el diseño o la planificación fallan, la negligencia domina y el Estado prioriza la imagen y el control político por encima de las personas.
Hoy, Chernóbil es un monumento a la estupidez y la ineptitud humana. (O)













