El pasado 26 de abril se cumplieron 40 años del desastre de Chernóbil, un recordatorio incómodo de hasta dónde puede llegar el error humano cuando se combina con tecnología de enorme poder. Cuatro décadas después, la energía nuclear vuelve al centro del debate por sus riesgos y también por su potencial como una de las soluciones más eficaces frente a la crisis energética y climática que golpea al mundo hoy.
A la luz de este aniversario, resulta especialmente pertinente revisar lo que plantea el historiador Yuval Noah Harari. En su libro Nexus (2024), Harari distingue la energía nuclear de otras tecnologías emergentes, como la inteligencia artificial (IA). Su argumento es provocador en su simplicidad: “Una bomba atómica no puede decidir dónde detonar”, afirma. El verdadero peligro no está en la máquina, sino en quien la controla.
Esta idea no es nueva en su pensamiento. En su libro 21 lecciones para el siglo XXI (2018), Harari ya advertía que el siglo XXI no estaría definido únicamente por avances tecnológicos, sino por nuestra capacidad (o incapacidad) de gestionarlos con responsabilidad. La energía nuclear es el ejemplo perfecto: una tecnología con un potencial inmenso tanto para el bien como para la catástrofe.
Aunque Chernóbil simboliza el peor escenario posible, no cuenta toda la historia. La energía nuclear es hoy una de las fuentes más eficientes y limpias de generación eléctrica. Produce grandes cantidades de energía con emisiones mínimas de carbono. Sin embargo, el riesgo sigue siendo real. Los accidentes, aunque poco frecuentes, tienen consecuencias devastadoras y largas en el tiempo. Además, la gestión de residuos nucleares y la proliferación de armas continúan siendo desafíos sin resolver del todo. Aquí es donde la reflexión de Harari cobra fuerza: el problema no es la tecnología en sí, sino la calidad de las decisiones humanas que la rodean.
Sin irnos muy atrás en la historia, en los últimos meses hemos visto cómo decisiones tomadas por los actores más poderosos del mundo en contextos políticos y económicos complejos son vulnerables a la torpeza, la improvisación o la falta de visión de largo plazo. Ajustes abruptos y decisiones viscerales han contribuido a la volatilidad en los mercados energéticos con una afectación gigantesca en la economía mundial.
Quizás la lección más importante, 40 años después, es que no podemos permitirnos el lujo de pensar en blanco y negro. La energía nuclear no es ni el villano ni el salvador sino, como casi todo en la historia de la humanidad, una herramienta poderosa que amplifica virtudes y errores.
En un mundo que enfrenta crisis energéticas y tensiones geopolíticas, renunciar a la energía nuclear por miedo sería tan imprudente como adoptarla sin cautela. Claramente, el desafío no es tecnológico sino ético y político: se necesita transparencia y cooperación internacional que reduzcan al mínimo el margen de error humano.
Harari tiene razón. El mayor riesgo no es la energía nuclear, sino nosotros. Y hablando de tecnologías de enorme poder, Harari tiene una postura enérgica respecto a la inteligencia artificial. Pero eso es material para otra columna. (O)








