“Aburrido” es el término que más escucho últimamente en diversos escenarios. En casa, con el chico de 12 años que se consume en minutos todo lo que la tecnología le ofrece, recurre como premio consuelo a propuestas tecnológicas de un año atrás, las “antiguas”, y una hora después sale del dormitorio a declararse “aburrido”.
En el bachillerato, etapa en la que todo lo que les gustaba meses atrás deja de serlo, porque lo que antes se llamaba “orientación vocacional” ha mutado hacia una “tutoría” que, más que proponer, recibe pedidos y trata de acompañarlos a enderezar y cumplir sus propósitos, cuales sean. No obstante, no pasa mucho tiempo en que se voltea y se declara “aburrido”.
En las audiencias, donde parecería que el boom de los creadores de contenido, que fue la opción al aburrimiento que causaron ya influencers y celebrities, que a la vez tocaron el cielo cuando les sacaron ventaja a los youtubers, todos ellos resaltando la improvisación y la mala calidad de su trabajo por ser, muchos de ellos, orgánicos (algo que también estaba al tope de los aplausos), ahora corren el alto riesgo de obtener con honores el membrete de “aburridos” si no se inventan algo efectivo para las voraces audiencias que pasan horas mirándolos y escuchándolos, lo que ha sido bueno para sus finanzas digitales.
A mi modo de ver, esto que ocurre confirma lo que los psicológos vienen gritando a oídos que no han sentido la necesidad de escuchar: el déficit de atención que está teniendo la generación Z (centennials, entre 15 y 25 años de edad) y que ya se advierte en la que sigue, la T (por táctil) o A, como otros la llaman, puede ser producto de esa avalancha de información que encuentran en su contacto digital, desde el primer momento, con las facilidades del scrolling, que hace que pasen solo segundos por algún dato e imagen, sin aplicar la gimnasia de la atención. Efecto de esto, creen los educadores también, es la baja de notas académicas de muchos niños y adolescentes que van al colegio por tradición más que por convicción; y en universitarios que ven todas las teorías como de “relleno” y creen que en la IA (inteligencia artificial) está todo lo que los profesores tratan de transmitir basados en su experiencia y el estudio de casos.
La “aburritis aguda” nos ataca como sociedad y es preocupante. Una querida amiga experta en recursos humanos, seleccionadora de operadores de carga para una transnacional importante, se tiraba de los pelos recientemente porque tras dar una capacitación técnica gratuita de seis meses a un grupo de centennials, de diferentes estratos, que durante todo ese tiempo recibió sueldo, se encontró con la sorpresa de que casi la mitad renunció porque ya estaban “aburridos” y habían decidido buscar otra cosa.
No todo es malo en este sentido, para los que aprendimos a desaburrirnos forzosamente ante el cumplimiento de una tarea y, si era con vocación, mejor aún. Hay rasgos ya, dicen los estudiosos, de que a medida que la generación Z crece comienza a buscar mayores certezas en lo que consume digitalmente, y es la oportunidad, quizás una de las últimas, de captar la atención y recordarles que el país se sustenta en lo que los jóvenes sean capaces de hacer. (O)











