Los teléfonos celulares son tremendamente útiles. Este dispositivo es el actor y el referente, el centro de atención y el generador de información, y de “verdades” y mentiras de todo calibre. Ha reemplazado al libro y ha suplantado a la investigación. Se ha impuesto sobre la prensa y ha convertido en dependientes a académicos y periodistas y a profesores y alumnos. El celular es la síntesis de la nueva cultura y el arma de los poderosos, porque a través del aparato, se sugestiona, se perfila la identidad y se induce la conducta. Desde el celular se gobierna el mundo.
En la mínima pantalla, los ingenuos construyen sus creencias, y a causa de ella, los usuarios “adolecen” de sabiduría instantánea. Es el consultor que induce las conductas y el referente que organiza la vida. Allí están el análisis, el criterio, la verdad y la posverdad, la información que nos agobia y los videos que nos sofocan. Está el mundo hecho a imagen y semejanza de los robots, están las redes, el espectáculo, la especulación y la noticia en tiempo real. Están la vocación por lo instantáneo, la dependencia de la imagen y la abdicación del pensamiento crítico.
En el celular están el conocimiento abreviado y el mundo reducido a una frase, la noticia convertida en tendencia y la sugestión como recurso. Está el hilo de los mensajes. Estamos nosotros, transformados en seres obsesivos y asombrados, en transmisores de reenvíos y de videos de TikTok, en sujetos útiles para repetir, inducidos por la mecánica de responder, alienados y ansiosos por estar al día.
Como la inteligencia artificial (IA), el celular, de herramienta que fue, se ha transformado en fin. Sin el artilugio, no hay conversación. O más bien, por su causa, caducó la conversación, que, con frecuencia, existe apenas como la intromisión en que incurre algún osado que se arriesga entre la arrogancia y la sabiduría de los operadores de teléfonos. Es asombroso mirar una mesa de casa o restaurante transformada en el sitio en el que confluyen las soledades y las desconexiones de los actores de ese drama de abstracciones humanas, que no se miran, que nunca se desconectan, que apenas se hablan para mencionar alguna ocurrencia que ven en el aparato. Soledades conectadas, silencios impuestos.
Vale destacar que la utilidad del aparato no se cuestiona. Sin embargo, y además del aislamiento que impone, sí es preocupante que, en lugar de pensar sobre la información y todo lo que se recibe, se la procese sin crítica, sin aporte alguno del receptor. Además, hay que considerar que el sistema suscita adhesiones incuestionables, casi dogmáticas: nadie duda de lo que dice el celular, no hay sospecha posible sobre la “verdad” que transmite y ningún reparo acerca de los criterios que sostiene, porque son artículos de fe. Y eso influye poderosamente en el porvenir de la cultura, en la fortaleza de los métodos de enseñanza, en la inteligencia de los niños, en la utilidad de la escuela y en el porvenir de las personas entendidas como seres conscientes y no como sumisos operadores de la computadora o del teléfono celular. (O)










