Prosperan los anuncios de la muerte del libro. Parecería que la tecnología lo habría matado, y que su destino estaría junto a los viejos, a los despistados y a las bibliotecas solitarias.
Parecería un estorbo al minimalismo primario que soportamos, y a la prisa de los días que corren, todo bajo la idea simplona de que la opinión y la sabiduría se agotan entre los párrafos precarios de las redes sociales, y que la cultura está en la chismografía dominante en los chats. Entonces sí, la lectura, lo que se llama lectura, habría sido derogada.
Sin embargo, hay lectores que persisten en hojearlos en las librerías que aún existen, y llevarlos consigo como hallazgo, con esa ilusión que solo conoce quien ama los libros.
La costumbre de leer libros mantiene viva la vocación crítica, apela a la memoria, enriquece las conversaciones y suscita recuerdos de la época en que aún era posible explorar más allá de las nociones habituales en las clases universitarias, es decir, cuando había gente que pensaba en algo distinto y mejor que los códigos y los dictados, y que entendía, por ejemplo, que la política era asunto de ideas, creencias y reflexiones.
Era el tiempo en que aún se hablaba con propiedad de la república, y los días en que aquello de la sociedad civil no se había devaluado todavía.
El libro, sin duda, es la tabla de salvación de los que piensan. Y de los que no han renunciado a la imaginación como recurso humano, porque sus textos, a diferencia de la televisión y los vídeos, permiten construir un mundo propio y hacer de la palabra un trampolín para completar lo que los párrafos sugieren, lo que las frases suscitan, lo que los argumentos provocan. Es la tabla de salvación de la inteligencia.
El otro día fui a la presentación de un libro, y en ese rito, mientras el autor explicaba su trabajo y nos contaba los vaivenes de la escritura, confirmé que los textos viven en el lector. Confirmé gratamente que aquello de relatar el origen de la novela o del ensayo, y los sobresaltos, borrones y dudas de la tarea de escribir, son aspectos y detalles que ayudan a entender el esfuerzo que concluye con la firma de los textos, con los abrazos y los comentarios de los asistentes.
Pensé entonces que el libro sobrevive y que, si se va con uno, se alojará en la casa, a la espera de que su soledad concluya al abrir las páginas, subrayar una frase y a medida que el relato o la reflexión avancen.
El libro no es solo objeto de lectura; es mucho más: en su entorno, hay editoriales, librerías, bibliotecas, cuartos de libros y, por cierto, conferencias, debates, reflexiones y aquello que puede llamarse ilustración, refinamiento espiritual, agudeza, capacidad de distinguir el arte de la vulgaridad, y está la importancia de entender que sin gente que lea no es posible interpretar la democracia como sensatez, tolerancia, prudencia y visión universal.
El libro es aún, y lo será por mucho tiempo, nuestra tabla de salvación. (O)










