Quienes nacimos y residimos en esta ciudad, así como quienes aquí habitan, nos sentimos siempre complacidos cuando se la reconoce nacional o internacionalmente como una urbe que tiene una excelente calidad de vida. Los premios que ha recibido y los que recibe corroboran lo que nuestra emoción y sentido de pertenencia nos dicen, fortaleciendo el compromiso que como ciudadanos tenemos con la ciudad de nuestros ancestros, de nosotros y de nuestros hijos.
La modernidad de la urbe convive armoniosamente con lo tradicional, que tiene características centenarias si nos referimos a la fusión de lo local con lo español, y milenarias si la aproximación es desde la cultura de los cañaris, primeros habitantes de Guapondelig que, después con la breve presencia de lo inca en estos lares, pasó a llamarse Tomebamba y más tarde con la llegada de los españoles, Cuenca.
Lo que tenemos ahora mismo es armonioso y agradable. Un medioambiente único, marcado por los cuatro ríos que atraviesan la urbe y definen su personalidad desde el sonido-murmullo de sus aguas, de sus cauces de grandes piedras, así como de sus orillas convertidas en senderos para caminantes, ciclistas y ciudadanos que los utilizan para desplazarse y en gran medida para fortalecer su vínculo con la espléndida madre tierra de la cual todos formamos parte.
El centro histórico y sus calles adoquinadas se mantiene y preserva con esmero pese a los atentados siempre posibles de gente que no respeta el patrimonio cultural de la urbe y que pretende birlar la perspectiva del bien común para buscar réditos económicos, que así visualizados no son sino alevosos y tramposos atentados contra lo que tenemos de más preciado. La declaratoria de la Unesco de Cuenca como Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1999 se fundamentó en gran parte en el valor de las casas, iglesias, edificaciones y formas de vida social en ese espacio urbano.
En este escenario, descrito tan generalmente en esta columna, vive, trabaja, se ilusiona y sueña una sociedad variopinta de ciudadanos, unidos por un potente sentido de identidad que los caracteriza y los impulsa a la acción individual y colectiva.
En estos momentos es necesario que la ciudad vuelva a pensarse para definir lo que quiere ser, porque de no hacerlo, corremos el riesgo inminente de ir por donde la dinámica de crecimiento económico y otros factores sociales nos lleven, sin percatarnos de que esos elementos, consustanciales a la vida social, en el caso de Cuenca, fueron gestionados de manera armónica y siempre a la luz de objetivos comunes. Las fuerzas productivas locales, la intelectualidad, el arte y la cultura deben unirse formalmente para pensar el futuro de la ciudad y planificar su consecución.
El progreso, como sinónimo de la exclusiva construcción de cada vez más edificios, autopistas y obras de cemento, no es aplicable a una ciudad como Cuenca, que siempre ha buscado la sostenibilidad de su modelo de vida y desarrollo, armonizando los avances de la ciencia y aplicación de la tecnología, con el poderoso espíritu de preservación de un pueblo, marcado a fuego por el cuidado del agua, del medioambiente y de la cultura. (O)










