Un paisaje rural invernal, el hermano maneja mientras conjetura con su hermana sobre la situación del padre al que ambos ayudan financieramente. Se hacen preguntas cautelosas sobre sus vidas privadas: la familia de la hermana, el divorcio del hermano. Llegan a la casa del padre en medio de la nada. ¿Idilio o abandono? El padre los recibe desaseado y tierno. La sala desordenada, un sillón cubierto de trapos bajo el cual el hijo cree descubrir un mueble flamante. Una preciosa mecedora ante un ventanal con vista al lago insinúa una gran vida pero el padre insiste en el teatro del desvalido: acepta un fajo de billetes y los víveres exquisitos que le ha traído el hijo, evita mostrar los supuestos desperfectos de la casa cuya reparación han pagado sus hijos. Es tanto el esfuerzo que los tres ponen en mostrarse amables y evitar temas incómodos, tantas las frases hechas de cortesía (qué gusto verte tan bien, qué linda coincidencia: vestimos todos algo rojo) que la apurada despedida resulta un alivio. Llegamos a visitar al padre junto a los hijos pero los vemos irse y nos quedamos con el padre que una vez solo restaura la casa a su orden inmaculado y hace una cita con una mujer para gastar el dinero que le ha dado el hijo. El desamparado con la casa ruinosa y el camión destartalado del que se despidieron los hijos sale de casa vestido de dandy conduciendo un carrazo que ocultaba bajo una lona.
Así empieza la nueva película de Jim Jarmusch, una exploración incisiva de los lazos de sangre. Padre, madre, hermana, hermano se titula esta obra maestra de cine clásico que nos envuelve en la intimidad de una sala para sumergirnos en una experiencia sostenida de la cual emergemos con nuevas percepciones sobre nosotros y los otros.
El segundo acto narra la relación entre dos hijas y su madre, una fría escritora amurallada entre refinamientos que, a diferencia del padre, no pide nada pero en silencio exige perfección. Asistimos a la visita anual de las hijas a su madre: la mayor es exitosa pero no se lo cree ni pretende hacérselo creer a otros; la menor ostenta coloridas pieles falsas.
Una fabulosa banda sonora digna de Jarmusch y una sinfonía visual marcada por leitmotivs: la ropa roja son los lazos de sangre, automóviles azules donde las verdades se van revelando, agua, té, café que se beben como rituales reales o fingidos de conexión. Es el arte del cine con toda su fuerza, el recordatorio de ese espacio que respira profundo y contempla en medio del mundo desangelado y frenético de la inmediatez y la fragmentariedad.
El tríptico de Jarmusch se cierra con un hermano y una hermana gemelos, adultos que llevan vidas propias en continentes distintos y se reencuentran en París a raíz de la muerte de sus padres. El amor auténtico que se tienen, la honestidad con que se hablan, la esencialidad de las ideas que intercambian, la ternura con que se cuidan nos restaura la fe en la humanidad. Si tan solo pudiéramos querernos así y con esa naturalidad acompañarnos incluso en la tragedia, entre las paredes desnudas de la casa de la infancia, ante la incertidumbre, a pesar y precisamente a causa del abrumador peso de los recuerdos. (O)










