La semana pasada, Carlos III del Reino Unido encabezó una visita oficial a los EE. UU. Como parte de sus actividades se dirigió al Congreso de esa nación en una sesión conjunta, es decir, con los miembros del Senado y de la Cámara de Representantes. Una distinción pocas veces concedida a visitantes extranjeros. El discurso que pronunció fue histórico. Ahora se conoce que le tomó meses prepararlo. Fue histórico por su sutileza, humor y tono ciceroniano, que ya se han olvidado en un mundo consumido por la frivolidad y la degradación del debate público. Pero lo que probablemente más asombró es escuchar a un monarca inglés hacer una defensa abierta de la democracia en la nación que precisamente invocó a la democracia para independizarse de la monarquía británica. ¡Como da vuelta la historia! Que el rey de Inglaterra viaje a Washington a defender los valores de la democracia, el pluralismo y la tolerancia, y que lo haga precisamente en un país que parece estar perdiendo esos valores, a pesar de haber sido su principal referente por más de dos siglos.

Una de las reflexiones que hizo Carlos III fue sobre los lazos históricos que unen a los EE. UU. y el Reino Unido, testimonio de lo cual son las múltiples referencias –más de 160– que en sus sentencias ha hecho la Corte Suprema de los EE. UU. a la carta magna de Inglaterra (1215). Ese instrumento, según lo recordó Carlos III, ya proclamaba en tan lejana época el derecho y deber del Parlamento de controlar y equilibrar (checks and balances) a la monarquía de aquella época, que vendría a ser el Poder Ejecutivo de hoy en día. Los asistentes se pusieron de pie para ovacionarlo. Y es lo que está ocurriendo precisamente no solo en los EE. UU., donde el Congreso ha sido reducido a su mínima expresión, sino en parte del planeta. Las democracias se han debilitado sustancialmente por líderes que al llegar al poder emprenden la tarea de demoler el principio de la separación y contrapeso de los poderes.

Otra reflexión de Carlos III que no debe haberle gustado a su anfitrión fue el recordar que ambos países han estado unidos en el pasado durante dos guerras mundiales, la Guerra Fría y la agresión terrorista del 11 de septiembre de 2011. Para luego añadir que “esa misma determinación inquebrantable es necesaria para la defensa de Ucrania..., para asegurar una paz verdaderamente justa y duradera”. Otra vez, los asistentes se pusieron de pie para aplaudir al monarca. Una defensa de Ucrania que luego la reiteró en su discurso en la Casa Blanca. Vaya ironía. El rey del otrora Imperio británico llamando a la unidad para defender a una democracia frente a la agresión de una tiranía; un conflicto de cinco años que ha costado más de un millón de bajas rusas. Y lo dijo Carlos III en la casa de un Gobierno que se jacta de haber cortado toda ayuda bélica a Ucrania. El informe de 2025 de Freedom House sobre las libertades alerta de que la democracia sigue decayendo en el mundo. Mas de 60 países han visto sus libertades deteriorarse, impulsado por la manipulación electoral, surgimiento de autocracias, consolidación de regímenes autoritarios y fractura del Estado de derecho. Que el monarca inglés se plante a defender la democracia resulta una paradoja extraordinaria. (O)