Empiezo diciendo que no tengo ningún vínculo con el ministro John Reimberg, ni de amistad ni de familia ni de ningún tipo; tampoco tengo nexo con el Gobierno, y la política no es algo que me atrae, pero soy una persona actualizada. De vez en cuando en esta columna hago algún reconocimiento que me parece correcto y justo. El ministro del Interior, Reimberg, ha ido adquiriendo un importante protagonismo en esta administración. Sus intervenciones reiteradamente reflejan agudeza. Se percibe que está volcado por completo a su desempeño como ministro. Es la única manera de tener éxito.

Detrás de él hay una férrea decisión gubernamental de combatir la delincuencia. Esto último no es poca cosa dados los antecedentes de liviandad en el combate a la delincuencia. Es verdad que detrás de la delincuencia hay un problema sociológico, humano, de posibles injusticias personales. Y que el problema global no se arregla con más cárceles; pero la faceta punitiva no puede ni debe abandonarse en razón del interés general, de la protección de los derechos, de la justicia que reclaman los ciudadanos avasallados una y otra vez por la delincuencia. Rara vez los problemas tienen una sola causa. La delincuencia

es consecuencia de múltiples factores, de historias personales trágicas, de frustraciones, de propósitos de venganza social, etc. Por ello, lo punitivo siendo importante no debe ser el único frente.

La sociedad demanda trabajo y el Estado no es un empleador natural. Contrata o nombra personal asociado a la prestación de servicios públicos. El empleador nato es el particular, el que genera oportunidades a través de su inversión, pero la inversión necesita contextos, apoyo, atractivos.

El Estado está en deuda en su rol de proveer un contexto ampliamente amigable a la inversión privada (fijémonos en Perú). Aquí urge legislar con particular sabiduría, con visión, con perspectiva. No hay un ministro Reimberg para estimular la inversión.

En materia de asociaciones público-privadas, la legislación es de ponerse a llorar.

Se impone un compromiso nacional para apoyar la inversión nacional y extranjera.

La inversión no tiene ideología. Demanda respaldo, visión de largo plazo, renuncia a la mezquindad y al resentimiento.

Si hay mayor inversión, hay más trabajo; si hay más trabajo, hay más movimiento económico, consumo, pago de impuestos; y si hay más pago de impuestos, hay mayor disponibilidad para atender necesidades públicas.

Más trabajo, más familias felices.

El Gobierno, así como ha radicalizado para bien la lucha contra la delincuencia, debe radicalizar su estímulo a la inversión.

Felicito el trabajo del ministro Reimberg. Ha ganado mucho dominio escénico. Claro, ha cometido errores que los abogados imparciales hemos visualizado con claridad. Pero el gran balance de su desempeño es positivo. Muestra dedicación, compromiso, y asume riesgos que no cualquiera está dispuesto a encarar, y eso es digno de reconocimiento.

El riesgo de enfrentar la delincuencia organizada es agudo y cierto. Reimberg ha mostrado valentía y decisión. Es justo y correcto reconocer su lucha. (O)