He leído con cierta nostalgia el mesurado artículo del doctor Eduardo Peña Triviño, ‘Una visita al Teodoro’, en el que hace una corta reseña de su circunstancial visita al Hospital Teodoro Maldonado Carbo, del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS), y las deficiencias y limitaciones físicas que encontró en dicho centro hospitalario, otrora orgullo de la ciudad de Guayaquil y del país. Esta casa de salud no solo era el orgullo de la ciudad por su diseño y la belleza de sus instalaciones, inauguradas a inicios de la década de los 70, sino por la plantilla de médicos ilustres, de gran calidad humana y excelencia académica, quienes supieron emular la vocación de servicio de su epónimo como un valioso legado que, lastimosamente, con el pasar de los años se ha visto contaminado con los excesos y fragilidades de la política.
No puedo evitar referirme a las elogiosas palabras del doctor Eduardo Peña Triviño sobre los “excelentes servicios de Solca (Sociedad de Lucha Contra el Cáncer del Ecuador)”, institución eminentemente guayaquileña y altruista a la que tuve el honor de representar durante ocho años consecutivos, y con la que contribuí en la medida de mis capacidades para hacerla tan grande como fue el sueño del fundador, cediendo hoy la posta al señor Francisco Solá Tanca, joven y talentoso empresario de nuestra querida ciudad, cuya gestión –estoy seguro– estará inspirada en la fuerza creadora que motivó al Dr. Juan Tanca Marengo y que continuó su hijo, Dr. Juan Tanca Camposano. (O)
José Jouvin Vernaza, expresidente de Solca, Guayaquil
















