El papa Francisco poco antes de su muerte, dirigiéndose a todos los habitantes de la Tierra, se lamentaba por la “globalización de la indiferencia” y por “cuánto deseo de muerte vemos cada día en los numerosos conflictos que afectan a diferentes partes del mundo”. Su sucesor, León XIV, en su mensaje Urbi et Orbi (a la ciudad y al mundo), lo ha recordado y ha puesto énfasis especial en el hecho de que “la verdadera fuerza que trae paz a la humanidad” es la que se logra a través de “relaciones respetuosas entre individuos, familias, grupos sociales y naciones”; “no es una fuerza que busca intereses particulares, sino el bien común”, ha dicho, al tiempo de subrayar que el “Domingo de Pascua, celebramos la victoria de Cristo que es la victoria de la vida sobre la muerte, de la luz sobre la oscuridad, del amor sobre el odio”.
Desde hace algunas semanas y de manera continua el norteamericano papa León llama a “los poderosos” a frenar sus ansias, a detener su voraz apetencia por pretender controlar todo y a todos, a no amenazar ni a concretar castigos inhumanos a todos cuantos estiman son sus enemigos o creen que ponen en riesgo sus intereses. El sumo pontífice ha demostrado que, al margen de su nacionalidad, lo que la Iglesia que él rectora quiere es que se acabe, de una vez por todas, con la indolencia muy marcada por los habitantes de la tierra respecto de lo que sucede con los demás y solo se reaccione cuando toca en carne propia. “Abandonemos todo deseo de contienda, dominación y poder, e imploremos al Señor que conceda su paz a un mundo asolado por la guerra y marcado por el odio y la indiferencia que nos hacen sentir impotentes ante el mal”, ha expresado.
El obispo de Roma no ha nombrado a ningún país, pero ni hace falta, porque bien se sabe cuáles son los que se encuentran empeñados en la hegemonía total, y despreocupados, también totalmente, de la pobreza y del hambre extrema que sufren decenas de naciones, de la cada vez más aguda crisis del agua, de la ausencia de profesionales y de medicinas para combatir las enfermedades y epidemias. “¡No podemos seguir siendo indiferentes! ¡Y no podemos resignarnos al mal!”, afirma León, sin embargo, su voz no es escuchada y si a los oídos de los protagonistas e impulsores de las guerras llega, no es tomada en cuenta. ¡Qué lamentable y qué pena que así sea!
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Y, finalmente, hay que decirlo, la “globalización de la indiferencia” no hace exclusión de persona o actividad. ¿Cuánto están haciendo periodistas y medios de comunicación para impedir que esto engorde más? ¿Cuánto para hacer conciencia y provocar una gigantesca reacción pacífica, o las guerras, las muertes, la destrucción, el hambre y la pobreza dejan mejores dividendos? (O)
Jorge A. Gallardo Moscoso, Samborondón

















