Ecuador tuvo un movimiento importante dentro del arte moderno que ha sido poco reconocido y hoy es la médula de una nueva exposición en el Museo Antropológico y de Arte Contemporáneo (Maac).
Se trata de la muestra La Avanzada Ancestralista 1956-1980, que resalta el ancestralismo como una corriente crítica frente a la modernidad y a la influencia europea en el arte ecuatoriano.
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“En un primer nivel se está refiriendo a una vocación de los artistas por representar imaginarios del pasado prehispánico, motivados por un impulso de recuperación de las raíces propias y de un orgullo americano frente a la hegemonía cultural europea”, ilustra Rodolfo Kronfle- Chambers, curador de la muestra.
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“Dentro de las narrativas del arte moderno (el ancestralismo) se refiere a los experimentos estéticos, que desde mediados de los años 50, reconfiguraron para tal propósito los lenguajes y corrientes modernistas de avanzada para lograrlo”.
La exhibición expone más de 150 obras de 30 artistas, quienes reivindican lo ancestral sin caer en lo exótico. Entre las obras más destacadas se encuentran Bolivia (1967) y Tiahuanaco (1960) de Enrique Tábara, Estructura 35 (1962) de Estuardo Maldonado y Pasión (1968) de Segundo Espinel.
“Lo fundamental en aquellas obras sería la conjunción de lo matérico-informalista con cierta geometría ‘otra’, sugestiva de algo primigenio, y que en base a las lecciones del constructivismo modernista, se decantaba por las formas de las culturas originarias”, explica el curador. “Justamente esta mezcla de corrientes contrapuestas me parece lo más representativo, particularmente los desarrollos logrados por Enrique Tábara a partir de 1958, año que sería el punto de partida del ancestralismo en Europa, en paralelo a la corriente que desde 1956 cultivaría Jorge Swett empleando geometrías post cubistas. Tábara viaja en 1955 a España, no pudieron estar al tanto de lo que hacía el uno y el otro”.
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En la tesis de Kronfle aparece la figura de Manuel Rendón como el primero que logra aquella conjunción de lenguajes modernistas, al borde de la abstracción con referentes ancestrales americanos. “Esto lo podemos ver en su serie de Cabezas de Inca, hacia 1926. Algo de corta duración dentro de su obra en Europa, pero de inmensa resonancia en el contexto del arte latinoamericano, un hito que lamentablemente no se ha recogido antes en este sentido por ningún historiador”.
Además de las piezas, se exhiben documentación histórica, textos críticos y archivos audiovisuales para comprender el periodo estudiado. “Las narrativas de la historia del arte suelen ‘planchar’ lo conflictos entre generaciones de artistas, a mí me interesaba recuperar aquel choque tremendo que hubo entre la corriente del realismo social (y la Casa del Cultura como su amparo institucional) y los renovadores del arte representados mayormente por los artistas del círculo ancestralista. El grado de virulencia expresado en los testimonios de época no se volvió a ver hasta las discusiones en torno al choque de lo moderno y lo contemporáneo a fines del siglo XX y comienzos del XXI”.
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Estos testimonios justamente son el guion museográfico que acompañan el recorrido en las paredes. Igualmente hay vitrinas dedicadas, por ejemplo, a los cruces entre artistas y el campo arqueológico, algo que Kronfle considera como uno de los factores influyentes en el desarrollo de esta corriente.
“También armé una vitrina dedicada a Tábara con documentación editada en Europa que por años he acumulado, donde se lo tiene como un artista importante de aquella escena continental, mientras acá pocos están enterados de esto”.
De igual modo, hay video producidos por la fundación EACHEVE (la que financió la exposición) sobre obras que no se podían trasladar a las salas, como los murales ancestralistas de Swett, las alfombras de Olga Fisch o los muebles de Ángel Pazmiño.
“Esta es una exposición basada fundamentalmente en los archivos, en ir a las fuentes, en conseguir lo difícil o desconocido (por eso es una sorpresa para muchos ver obra inédita, que viene de colecciones privadas). Acá la costumbre era escarbar por encima, yo entré con pico y pala”.
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Para Kronfle, aún hay mucho por descubrir y releer sobre este movimiento. “Por un lado me entristece pero por otro me motiva mucho la existencia de tantos puntos ciegos. Creo que hay que elevar la autoestima que tenemos como país, y tal vez en el arte encontremos un refugio que nos honre en lugar de que nos avergüence. Lo mismo pienso de nuestra escena contemporánea, a la cual le he dedicado muchos años de trabajo. El campo cultural siempre será algo de lo cuál podemos agarrarnos, el pasado es fuente inagotable de enseñanzas para el presente. No soy dado a lo encomiástico, celebratorio y exagerado, pero en buena ley este período de nuestra modernidad es algo de lo cuál nos podemos enorgullecer”.
Por eso lamenta, a pesar de la gigante relevancia del ancestralismo en el arte ecuatoriano, la influencia directa es nula en las generaciones actuales.
“Por un lado aquel período de los antiguamente llamados ‘precolombinistas’ es el punto más alto de nuestra modernidad estética, nuestra edad dorada, una corriente no derivativa con características muy propias, y a la vez con vocación universal, que fue reconocida por los críticos latinoamericanos más renombrados como un verdadero aporte ecuatoriano al arte internacional. Lamentablemente, por su falta de difusión y articulación teórica, varias generaciones no han tenido como acceder a este tesoro de manera honda y dedicada, ni en publicaciones ni en museos”.
Kronfle opina que hay una desconexión con nuestra propia historia del arte, y es tan grande que aunque muchos artistas del presente han tocado temas relativos al pasado ancestral, explorando sus propios vínculos con aquello desde perspectivas contemporáneas, lo han hecho mayormente sin conocer a profundidad lo que hicieron aquellas generaciones pasadas, sin tenerlo en cuenta como precedente.
“Al final de la exposición se exhiben proyectos de cinco importantes artistas contemporáneos donde podemos encontrar muchos nexos con los ancestralistas, sin que los hayan tenido presentes. El “impulso” pervive porque es un pensamiento recurrente que aparece como afirmación identitaria en todos los puntos del sur global". (I)