Dicen que nadie pudo prever que días después de abandonar el psiquiátrico Jeffrey aceleraría su carro por una calle peatonal del centro de Leipzig. Entró por la plaza de la ópera y la Gewandhaus donde toca una de las mejores orquestas del mundo. Pasó por la entrada al campus de la universidad donde estudian 30 mil jóvenes. Aceleró ante las vitrinas de panaderías, cafés, joyerías, zapaterías y una tienda de cosméticos que huele a paraíso. Era una tarde soleada y la gente llenaba las calles: eran las 16:45 del lunes 4 de mayo en la Grimmaische Strasse, una calle histórica donde Goethe tomaba cerveza y Bach andaba al salir del trabajo en la iglesia de Santo Tomás. Una calle generosa donde hoy los niños juegan con el agua que mágicamente brota del suelo frente a un enorme helado de flores. Varias veces por semana voy allí sola o con mis hijas: ahí está mi óptica, nuestra tienda de ropa y chocolatería favoritas, una librería de cuatro pisos, el museo de historia, la galería donde se erigen las estatuas de bronce del doctor Fausto, Mefistófeles y los estudiantes hechizados (el zapato de Fausto brilla desgastado por los miles de turistas que lo manosean). La calle se abre a la plaza central con su precioso ayuntamiento renacentista y un parquecito donde gente de todas las edades y orígenes disfruta la primavera.
Pero nada detuvo al conductor del Volkswagen Taigo que se lanzó calle abajo golpeando todo cuerpo que no fuera lo suficientemente veloz para salvarse. Quinientos metros de horror que no se borrarán fácilmente de la memoria de una ciudad donde hasta la revolución que terminó en la caída del Muro tuvo el honor de ser pacífica. La carrera asesina de Jeffrey (qué nombre maldito) terminó estrellada contra los bolardos que restringen el tránsito vehicular ante el edificio dorado del Commerzbank. Dicen los testigos que al ver u oír el carro la gente reaccionó escapando o corriendo a ayudar a los caídos. Los bomberos y la policía no tardaron. Al conductor la policía lo sacó del coche: lo apresaron, lo evaluaron y lo devolvieron al psiquiátrico. Un hombre blanco de 33 años que decía escuchar voces en su cabeza, boxeador amateur cuya exnovia lo había denunciado a la policía por sus repetidas amenazas, causó dos muertes y varios heridos. Al día siguiente no hubo grupos de ultraderecha exigiendo pena de muerte ni expulsión masiva de refugiados. No exigieron nada porque cuando un hombre blanco y local comete un crimen es una tragedia “personal”, pero cuando el criminal es un migrante lo pagamos en grupo.
Hoy por fin regresé a esa calle donde ya se alzan más bolardos con rayas blancas y rojas que gritan lo obvio: por aquí no se conduce. Al pie de una cruz la gente ha puesto velas y flores que ayudan a derramar las lágrimas acumuladas en soledad. Ha quedado tan limpia la calle luego que lavaran la sangre y recogieran los rastros del caos, pero sobre el fondo de granito la policía ha trazado cuadros, círculos y líneas curvas allí donde las víctimas fueron atropelladas: indicios para la reconstrucción legal del crimen, tatuajes color rosa sobre el oscuro espejo que refleja un conocido rostro de la violencia. (O)










