El Gobierno ha anunciado que construirá una nueva cárcel. Posiblemente para resolver problemas de hacinamiento en las que existen. Es buena noticia, signo de preocupación social.
Las ciencias penales y penitenciarias han tenido una evolución muy importante para los derechos humanos. Antes de la Revolución francesa no había normas claras para imponer castigos a los delincuentes y se practicaba el arbitrio judicial. El juez podía imponer penas muy severas por faltas menores y los pobres eran quienes más sufrían. La primera denuncia seria fue escrita por César Beccaria, Marqués de Bonesana, en un libro titulado De los delitos y las penas (1764) y de sus estudios y denuncias se llegó al dogma “no hay crimen ni pena sin ley”. Un siglo más adelante, Víctor Hugo publicó su novela Los miserables, que pone en forma dramática la injusticia que sufrió un hombre humilde, Jean Valjean, condenado a remar en las galeras del rey por haber robado un pan. El hombre que se rehabilita y llega a ser rico, luego que monseñor Bienvenido tiene con él un acto compasivo al decir a los policías que lo perseguían que Valjean no había robado los candelabros de plata de la iglesia, sino que él se los había regalado para que rehiciera su vida. Víctor Hugo crea más personajes trascendentes como el policía Javert, que persigue a Valjean hasta encontrarlo en las barricadas de París, pero lo condenan a muerte y le encargan a Valjean que lo ejecute. Le perdona la vida y Javert, incapaz de reconocer la bondad, se suicida arrojándose al Sena.
El asunto es que un delincuente puede ser rehabilitado. El hecho de cometer un delito con voluntad y conciencia, es punido por la ley penal y se dice que la sociedad no tiene venganza, pero con la privación de libertad de los delincuentes se protege de sus actos dañosos.
Los juristas y filósofos quieren encontrar respuestas a la pregunta ¿por qué delinque una persona? Buscan la etiología del delito y hay diversas escuelas de derecho penal que tratan de responderla. Penar porque delinquió, dijo Carrara. No, dirían los de la escuela positivista, las causas están en la misma sociedad. Que no es verdad, que el delincuente obedece a un impulso, la “spinta criminosa”, que otros niegan porque dicen que es hereditario. Pedro Dorado Montero, hace más de un siglo, 1916, publicó un libro cuyo título es ya una tesis, Derecho protector de los criminales.
Con temor a errar he escrito esta síntesis, que es un homenaje a mis maestros Agustín Vera Loor, Raúl Gómez-Lince y Jorge Zavala Baquerizo. También es para pedir que los reclusorios sean espacios para rehabilitar a los delincuentes mediante el trabajo. Se sabe que en las cárceles están presos muchos delincuentes condenados por narcotráfico, lavado de dinero, extorsión y hasta minería ilegal. Esos no son angelitos, son merecedores de sus castigos porque sus delitos implican organización e intención. Pero son redimibles por su misma condición humana.
Separados de la sociedad, pero que se les permita vivir con dignidad, con luz, alimentos adecuados, medicinas y ejercicio. También con trabajo pagado y estudios si quieren. (O)









