Guayaquil, así como otras ciudades del Ecuador, dejó de ser una ciudad calurosa para convertirse en una ciudad térmicamente extrema. No es solo una percepción: es una tendencia de la cual cada ciudadano puede ser testigo. Centrándonos en Guayaquil, a lo largo del año la temperatura oscila normalmente entre 21 °C y 31 °C, pero en los últimos episodios recientes la sensación térmica ha superado los 40 °C inclusive, generando condiciones que impactan directamente en la vida diaria y el consumo energético. Ese impacto ya se siente en el sistema eléctrico, pues durante las olas de calor el uso intensivo de aire acondicionado ha llevado al límite la red eléctrica nacional. No es un detalle menor, ya que estos equipos representan aproximadamente el 11 % de la demanda eléctrica del país, una cifra que crece rápidamente en zonas urbanas. Además, en los últimos meses, la venta de aires acondicionados ha aumentado hasta un 25 %, lo que anticipa una presión aún mayor sobre el sistema .

El problema es estructural en hogares de clima cálido, en donde el aire acondicionado puede concentrar hasta el 30 % o más del consumo eléctrico en condiciones normales; y, cuando se usan temperaturas de entre 16 °C y 17 °C, el gasto energético se dispara. A esto se suma que muchos equipos en el país son antiguos o ineficientes, lo que amplifica el consumo sin mejorar realmente el confort. Y, sin embargo, la respuesta sigue siendo la misma, concentrándonos solo en generar más electricidad. Esta es una reacción incompleta, pues cada ola de calor activa un ciclo predecible, que empieza por generar más consumo, mayor presión sobre la red, mayor incremento en las planillas y dependencia de generación térmica más costosa. Como se observa, el problema no empieza en la generación, sino en el consumo.

Un programa nacional de eficiencia energética podría reducir de forma significativa la demanda en pocos meses. El simple reemplazo de equipos antiguos por tecnologías eficientes, acompañado de incentivos y financiamiento, puede generar reducciones reales sin necesidad de construir nuevas centrales. Entonces, el problema no es solo energético, sino también urbano. Las ciudades amplifican el calor, y el denominado fenómeno de isla térmica hace que zonas con alta densidad de cemento y baja cobertura vegetal registren temperaturas superiores a las áreas rurales. La arborización urbana no es un lujo, pues puede reducir temperaturas locales entre 2 °C y 5 °C, mejorando directamente la calidad de vida y reduciendo la necesidad de climatización.

A esto se suma la infraestructura de agua. Por ejemplo, sistemas ineficientes de distribución y bombeo incrementan el consumo energético y reducen la resiliencia frente a eventos extremos, como sequías o calor prolongado. El cambio climático ya no es un escenario futuro y está ocurriendo ahora, medido en grados, en kilovatios y en dólares, teniendo como una consecuencia visible, pero no única, al calor. El problema entonces radica en que seguimos actuando como si todo fuera temporal y duraría solo este año, o solo este periodo de gobierno, y no se realiza una planificación a largo plazo. (O)