Es evidente que no hay democracia sin periodismo y que el periodismo necesita un ámbito de libertad para su ejercicio. Pero el periodismo es un negocio, aunque el negocio sea cambiar el mundo, que es el mejor de todos los negocios. Ese negocio necesita la independencia económica para que sea un negocio de verdad y no caer en la extorsión al poder o en otros modos de conseguir dinero que no sean la provisión de certezas a audiencias.
Si el periodismo no es independiente no es periodismo y por tanto es otro negocio. Y no son independientes los medios públicos, ni los que arreglan sus finanzas con el gobierno, ni los que intercambian pauta publicitaria por favores a cualquier poder. Tampoco son independientes los periodistas militantes, ni los mercenarios, ni los que venden sus plumas a quien se las quiera pagar.
Entonces resulta imperioso ganar dinero, porque si no, no hay periodismo.
Si cumple el rol fundamental de controlar el poder, lo peor que le puede pasar al periodismo es tener una buena relación con el gobierno. Si el poder político o económico se enoja con el periodismo es señal de que estamos haciéndolo bien y que ganaremos dinero genuino en lugar de caer en la extorsión o en la mendicidad, que es la señal más patente de la decadencia de la industria.
Y se equivoca muchas veces la Sociedad Interamericana de la Prensa cuando invita a las autoridades políticas a sus brindis o se queja si no van, como ocurrió hace un par de semanas en la reunión de Córdoba en la Argentina.
La política es un factor meteorológico; cuando llueve hay que salir con paraguas y no sirve de nada quejarse y el periodismo es una profesión y una industria de próceres a quienes no les interesa el dinero y por eso ganan dinero. No es un negocio de millonarios que lloran ayuda a los gobiernos o les piden privilegios para no perder dinero.
La libertad de prensa no es la protección de un negocio sino la posibilidad irrestricta de hacerlo. Si se respeta o no la verdad –esencia del negocio– no le corresponde decidirlo al gobierno sino a las audiencias; y a los jueces en el caso de que alguien se sienta afectado por una publicación. Esta condición se da solo en un esquema constitucional y político que garantice tanto esa libertad como la plena independencia del poder judicial.
La fortaleza económica y la libertad de prensa son dos naipes que se sostienen uno al otro. No hay negocio sin libertad y solo si hay negocio hay libertad. Mientras haya audiencias ávidas de verdad habrá proveedores de esa verdad, pero sobre todo habrá próceres que la buscan afiebrados aun a costa de su fortuna, de su libertad y de su vida. (O)