La victoria de Lula en Brasil pone nuevamente en cuestionamiento las generalizaciones que en ocasiones se hacen en política. Se había elevado a dogma aquello de que en América Latina se había dado un giro sustancial a la derecha en vista de resultados electorales recientes.
Esta conclusión era reforzada por los pronósticos de un triunfo de la extrema derecha en las elecciones presidenciales del Brasil. Los resultados del domingo dejan sin piso todas estas especulaciones. Probablemente la disyuntiva que está viviendo América Latina no esté entre izquierda o derecha, socialismo o capitalismo, sino entre autoritarismo o democracia, entre fascismo o liberalismo, o entre corrupción o transparencia. Si bien estas variables tienden a ser ignoradas en los análisis que se hacen, lo cierto es que en la dinámica de los procesos políticos ellas han comenzado a jugar un papel cada vez más relevante. Lo que está sucediendo en EE. UU. es un buen ejemplo. Y probablemente influyó en la decisión de los tres y pico millones de electores en cuyas manos estaba inclinar la balanza entre Lula y Bolsonaro. Electores que Bolsonaro cometió el error de ignorar, pero que los estrategas de Lula no lo hicieron.
En la ola de atropellos y abusos que lamentablemente han venido sucediendo en muchos países de la región, la derrota de Bolsonaro –más que el triunfo de Lula– es una alentadora noticia. El candidato de la extrema derecha brasileña no había ocultado sus tendencias autoritarias en contra de la prensa, su poco respeto a la división de poderes, su desdén hacia la transparencia en el manejo de la cosa pública, su visión sesgada en contra de la tolerancia a la oposición, las libertades civiles y el estado de derecho. Incluso una buena parte del sector empresarial del Brasil comenzó a tener dudas en las últimas semanas sobre el futuro que esperaba a su país con un gobierno de Bolsonaro, por su inexperiencia y conducta errática. Las manifestaciones de apoyo expresadas de manera abierta por el Gobierno de EE. UU. en favor de Bolsonaro fueron otro factor. Como ya se ha demostrado en otros escenarios, el apoyo de la Casa Blanca a candidatos de derecha en otras naciones termina en un boomerang. Se lo pudo ver en el caso de Hungría. Se lo acaba de ver en Serbia donde el presidente Vusic ha admitido su derrota en elecciones anticipadas frente a una coalición liderada por estudiantes que protestaban por la rampante corrupción y autoritarismo. El ascenso del fascismo a nivel internacional no es tan fácil como se dice.
Lula con sus ochenta años aniquiló también el mito de la edad. La idea tan generalizada en ciertos sectores de que las personas de avanzada edad no pueden, por el hecho de su edad, tener espacio en la vida pública ni su voz ser admitida como legítima en el debate social es una muestra más de la decadencia en que se debaten nuestras democracias y civilización.
Que si Lula va a hacer un buen gobierno tengo mis dudas. El Brasil enfrenta serios problemas estructurales que ni él ni Bolsonaro parecen dispuestos a enfrentarlos. Pero esa es otra historia. Por ahora lo relevante es que la octava potencia económica del mundo no será dirigida por un individuo tan proclive a la violencia y al autoritarismo. Y eso es bastante. (O)














