El segundo domingo de mayo el Ecuador se detiene para mirar hacia el corazón de sus hogares: la madre. No se trata únicamente de una fecha en el calendario, sino de un momento de reflexión profunda sobre el papel esencial que cumple la mujer en la construcción de la familia y, por extensión, de la sociedad.
Madre abnegada, madre trabajadora, madre casada o madre soltera; cada una, desde su realidad, encarna una historia de esfuerzo silencioso. En barrios urbanos y comunidades rurales, la figura materna se levanta antes del amanecer y se acuesta cuando todo está en calma, cargando sobre sus hombros no solo responsabilidades económicas, sino también afectivas y formativas. Es la primera maestra, consejera y el refugio incondicional.
Desde esta tribuna del pensamiento, la cultura y la justicia rendimos homenaje a la mujer que, muchas veces en medio de la adversidad, no renuncia a su misión de criar, educar y proteger. En un país donde aún persisten brechas sociales y económicas, la madre ecuatoriana se convierte en símbolo de resiliencia. Su lucha diaria no siempre es visible, pero sostiene el tejido social con firmeza.
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No podemos ignorar que muchas madres enfrentan desafíos estructurales: empleo precario, falta de acceso a servicios básicos, desigualdad de oportunidades y, en algunos casos, violencia. Sin embargo, incluso en esos escenarios, prevalece su determinación por ofrecer un futuro mejor a sus hijos. Esa fortaleza merece no solo reconocimiento simbólico, sino acciones concretas desde el Estado y la sociedad.
Celebrar el Día de la Madre implica más que flores o palabras emotivas. Es una invitación a valorar su rol con políticas públicas que garanticen derechos, con oportunidades reales de desarrollo y con respeto a su dignidad. (O)
Elio Roberto Ortega Icaza, mediador y abogado criminalista, El Coca


















