Dentro de las relaciones personales, y específicamente en las relaciones afectivas, a menudo existen mecanismos nacidos de la misma relación, o que emergen en uno u otro de los miembros de la pareja, que con el tiempo le van dando a la relación una contextura particular (“ella siempre toma las decisiones”, “él se resiente con mucha frecuencia”, “ambos respetan la opinión del otro”).
En el caso particular de un miembro de la pareja que quiere manipular emocionalmente a su contraparte, uno de los mecanismos que más daño causa es el denominado gaslighting. En esta dinámica la persona abusadora intenta, sin dar tregua, que su pareja dude de la veracidad de sus experiencias (“eso no sucedió o no sucedió de esa forma; haces las cosas y no las recuerdas; eres demasiado sensible y te ofendes sin entender la realidad; me ofendes y luego te olvidas; te comprometes y luego lo olvidas”).
Hay que imaginarse la vida de una persona ante esta distorsión incesante de sus vivencias, de parte de su pareja que se supone que la ama y que vela por sus intereses. La persona afectada comienza a dudar de su propia realidad y sanidad mental llegando, en el extremo, a confiar en el criterio de su pareja y no en el propio, una especie de insolvencia racional y emocional.
El término proviene de una película de 1945 del mismo nombre, en la que el marido de la protagonista intenta convencerla de que está perdiendo la razón, desvirtuando las realidades cotidianas, subiendo y bajando la intensidad del gas para iluminar la casa y luego negándolo en su cara.
No es fácil detectar el gaslighting, porque no se presenta de repente, pero si alguien comienza a notar en su pareja un patrón de negación de hechos claros y juicios negativos sobre su estabilidad mental, es conveniente discutirlo con un profesional. En un estudio estadístico, el 45 % de las mujeres y el 32 % de los hombres reportaron haber sufrido abuso psicológico “coercitivo” de parte de su pareja a lo largo de su relación. (O)












