Londres 1908, estaba a punto de culminar la prueba reina del atletismo y de los Juegos Olímpicos: la maratón. El desaparecido estadio White City lucía atestado por 75.000 almas expectantes. Los parlantes informaban que ya se acercaban los primeros corredores. El público esperaba ver a un fornido atleta a paso triunfal encabezando el pelotón, sin embargo, en medio de la zozobra de policías y oficiales de la prueba, apareció por la boca principal del recinto, exánime, zigzagueante, un hombrecito esmirriado de un metro y 59 centímetros, consumido, con unos resaltantes mostachos negros. La inesperada y minúscula figura lucía al borde del colapso, se bamboleaba de modo dramático, la mirada perdida y, en su extenuación física y mental, equivocó el sentido de la pista, tomó para la izquierda. Los controladores, viendo su confusión y sus ojos desorbitados, intentaron indicarle que era para el otro lado; el montoncito de huesos se desplomó. Las piernas temblorosas ya no respondían a su mente. Fue socorrido y se levantó.