El fútbol siempre ha sido territorio de debates apasionados. Un partido puede mirarse desde la fría óptica del resultado o desde la más exigente perspectiva del juego. Para algunos, lo único que importa es ganar; para otros, la victoria solo adquiere verdadero sentido cuando llega acompañada de buen fútbol, de creación y de belleza. Esta discusión ha atravesado décadas y ha dividido al mundo del balón entre dos corrientes emblemáticas: la de Carlos Bilardo, símbolo del pragmatismo, y la de César Luis Menotti, defensor del juego estético.
Antes de ellos, en los años 60, ya había surgido una escuela que proclamaba el triunfo por encima de cualquier consideración: la que encabezó Osvaldo Zubeldía al frente de Estudiantes de La Plata. Con tres Copas Libertadores y una Intercontinental, aquel equipo convirtió el “vale todo” en una doctrina que conquistó seguidores en todo el continente. En la cancha, uno de sus soldados más fieles era Bilardo, quien años más tarde protagonizaría episodios que quedaron grabados como anécdotas sombrías del fútbol sudamericano, como la del bidón contaminado que se hizo beber al brasileño Branco.
Pero mi manera de entender el fútbol no nació de esos debates teóricos. Mis primeras letras sobre cómo apreciar un partido me las enseñó mi padre, cuando me llevaba al estadio George Capwell. Hombre de espíritu cultivado y lector de buena literatura, él privilegiaba la belleza del juego. Hablaba de los artistas del balón como quien evoca a poetas o pintores: Luis Cabeza Mágica Garzón, Ramón Unamuno, Alfonso Suárez o Luis Chocolatín Hungría. Aquellas charlas se extendían hacia los viejos equipos de Guayaquil: el General Córdova, el Panamá de los años cuarenta y el Club Sport Emelec de la posguerra.
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Cuando me senté por primera vez en las graderías del Capwell, vi al Río Guayas —que en 1951 fue el primer campeón del profesionalismo ecuatoriano— con Eduardo Spandre, Jorge Caruso, Basilio Padrón y Juan Deleva, frente al Santa Fe de Bogotá. Allí jugaban hombres como René Pontoni, Ángel Perucca, Mario Fernández y Héctor Pibe Rial. Aquella noche comprendí que el fútbol podía ser también una forma de arte.
Un día de 1952 presencié otro espectáculo que quedó grabado para siempre en mi memoria. En la cancha, un equipo de camisa amarilla de seda, con vivos rojos, desataba tumultos en las gradas cada vez que atacaba. Sus defensores luchaban con fiereza y en el medio campo aparecía un orfebre que parecía labrar joyas con el balón. Cuando el delantero —que usaba redecilla— marcaba un gol, la ciudad entera parecía estremecerse. Ese equipo era Barcelona Sporting Club, nacido humildemente en el barrio del Astillero y destinado a convertirse en el gran fenómeno social del balompié de Ecuador.
Para entonces yo era apenas un adolescente, y en esa edad nació mi admiración por Barcelona. La vida luego me llevó al periodismo, profesión en la que muchos creen necesario esconder simpatías para aparentar neutralidad. Nunca quise hacerlo. Mis convicciones nacieron en la niñez y no tenía por qué negarlas. Eso sí, jamás evadí una crítica cuando fue necesaria ni protegí a nadie por amistad o recompensa, especialmente en este siglo, en el que el club canario ha cometido demasiados errores dirigenciales.
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Tampoco cultivé enemistades futboleras. Durante más de 60 años de periodismo, he escrito algunas de las que creo son sin mejores columnas sobre Emelec, y también sobre Norteamérica, Valdez Sporting Club, Panamá Sporting Club, Everest o Patria. Admiré a grandes futbolistas, como Alberto Spencer, Sigifredo Chuchuca, Carlos Raffo, Honorato Gonzabay, Alfredo Bonnard, Luciano Macías, Raúl Argüello, Jaime Galarza, Enrique Maestrito Raymondi y Clímaco Cañarte, entre tantos otros. Aplaudí al Quinteto de Oro de Barcelona y también a los Cinco Reyes Magos de Emelec.
El fútbol, al final, siempre vuelve al presente. Vi el partido entre Barcelona y Botafogo y, antes, el enfrentamiento contra Argentinos Juniors en la Copa Libertadores. Aplaudí la victoria torera en el Maracaná, porque esas noches siempre alimentan el orgullo de la hinchada. Además, Barcelona mantiene superioridad histórica sobre Botafogo en enfrentamientos oficiales, tanto en Guayaquil como en Brasil, lo que confirma que el Ídolo ha sabido defender su nombre dentro y fuera de casa. Cuatro veces lo ha enfrentado en Copa Libertadores y lo ha derrotado dos veces, además de sumar dos empates. La historia de Barcelona ante los equipos de Brasil es motivo de orgullo para el fútbol ecuatoriano.
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Los del Astillero fueron los primeros en ganar como visitantes en el Maracaná cuando en 1986 derrotaron a Bangú por 2-1. Nuestro Barcelona ha logrado victorias históricas en Brasil y ha eliminado a clubes grandes de ese país, como Santos, Palmeiras, Fluminense, Corinthians y Botafogo.
Hay partidos que se pierden en el polvo del tiempo y otros que permanecen como luces encendidas en la memoria colectiva. Los enfrentamientos entre Barcelona y Botafogo pertenecen a esa segunda categoría, porque en ellos no solo se disputa un resultado: también se juega la historia. Las estadísticas —frías y exactas como un reloj— dicen que Barcelona tiene superioridad en los enfrentamientos oficiales frente al club carioca, tanto en Guayaquil como en Río de Janeiro. Pero el fútbol no vive únicamente de números; vive también de emociones, de tardes inolvidables y de esas hazañas que hacen vibrar a un pueblo entero.
En 2017, cuando Barcelona saltó al césped del legendario estadio olímpico Nilson Santos, muchos pensaban que el escenario impondría su peso histórico. No fue así. Aquella noche, el Ídolo jugó con carácter y convicción, como si en cada pase y en cada avance viajara la memoria del barrio del Astillero. El triunfo en tierra brasileña no fue simplemente una victoria; fue una afirmación de identidad. Después de Botafogo, cayeron ese año nada menos que Palmeiras y el famoso Santos. Ese equipo amarillo, dirigido por Guillermo Almada, llegó a semifinales de la Libertadores.
Porque Barcelona siempre ha sido eso: un equipo que se alimenta de gestas. Desde sus orígenes humildes hasta sus grandes noches continentales, su historia está tejida con el hilo de la lucha y el orgullo. Por eso, cuando se repasa el historial y se confirma que Barcelona mantiene ventaja, lo importante no es únicamente el dato estadístico. Lo esencial es lo que ese dato representa: la prueba de que el Ídolo del Astillero, aun lejos de casa, ha sabido sostener su nombre con dignidad y valentía.
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En el fútbol, como en la vida, las cifras cuentan una parte de la historia; la otra parte la escriben las emociones. Y en esta página ardiente del recuerdo, Barcelona ha sabido dejar su huella frente a Botafogo en este 2026. Pero ante los mejores de Sudamérica no basta con agruparse, correr, pelear, ceder la iniciativa, marcar, rechazar e intentar tibios contragolpes. Hoy llegó la hora de mostrar juego, posesión, dominio y creatividad.
Barcelona necesita encontrar pronto a ese futbolista que hoy no aparece: el que piense el juego, el que conduzca al equipo, el que haga jugar a los demás. En otras palabras: el orfebre del medio campo. Ya no basta con rechazar o entorpecer los movimientos rivales. Falta una virtud: el ingenio. Porque en la Copa Libertadores el tiempo corre rápido y el fútbol —como la historia— no espera a nadie. (O)





