El mundo nunca se tomó demasiado en serio aquello de las dos Alemanias. Pese a que coexistieron durante 41 años, para el resto del planeta, siempre fue una. Los alemanes eran los alemanes, no del este o el oeste. Lo demás era un muro, un alambre de púas, unos soldados de aspecto sombrío con perros guardianes, una división política momentánea. Ya se juntarían de nuevo. Sí, comunismo y capitalismo, pero al fin eran todos del mismo barrio. Por eso, aquel 22 de junio de 1974 se vio tan extraño que, en el marco del Campeonato Mundial de Fútbol, se midieran dos selecciones que en el fondo debían ser una. En Hamburgo, la República Federal Alemana, dueña de casa y favorita para ganar el Mundial, cayó imprevistamente 1 a 0 ante su hermana gemela, la visitante República Democrática Alemana. La Federal u Occidental tenía a Beckenbauer, Müller, Maier, Overath, Paul Breitner, Berti Vogts, Netzer, Grabowski, Uli Hoeness, Schwarzenbeck… Todos los cracks del Bayern Munich, flamantes campeones de Europa un mes antes, más los del Colonia, del Borussia Moenchengladbach, del Schalke 04. Una constelación.