La pompa que la Conmebol busca conferirle a su Copa Libertadores jugando una final única desde 2019 tiene origen en la fanfarria con que el fútbol inglés envuelve cada uno de sus torneos. La definición de la Copa de la Liga, la tercera de sus competiciones en jerarquía pero aun así tradicional e importante (a muchos les salva el año), tuvo el domingo lo que siempre se espera: bandas de música, la solemnidad del himno, un precioso trofeo de confección artística, final en Wembley con 85.671 espectadores pagantes, invitados de lujo, una bonita y prolija coronación y muchos detalles para convencer al campeón de que no se ha esforzado en vano y que ha vivido una jornada inolvidable. Una preciosa puesta en escena, como es habitual. Y en el campo, dos pesos pesados: el londinense Arsenal del veterano y ya cuestionado profesor Arsene Wenger y el Manchester City de Pep Guardiola, que es como decir un equipo de autor.