El reciente fin de semana fue de sorpresas en el ámbito de la lucha contra la delincuencia organizada que llevan adelante las fuerzas del orden ecuatorianas. Y nos referimos a la audacia con la que tres situaciones han sido llevadas a cabo por bandas a las que la autoridad dice estar reduciendo con acciones tomadas en los toques de queda, como el que acaba de terminar en nueve provincias y cuatro cantones más.
Así, poder observar el sitio rupestre de cría de cerdos donde todo parece indicar que también se desaparecían cadáveres de rivales o de secuestrados por los que no se pagaba rescate, fue, por lo menos, sobrecogedor. Esto fue detectado en Puerto Bolívar, una parroquia de Machala y uno de los muelles más importantes para la exportación de minerales y banano.
Luego, en otro puerto, en Posorja, parroquia de Guayaquil, se descubrió droga impregnada en la estructura de un contenedor frigorífico que estaba siendo utilizado para la exportación de piñas. El trabajo realizado por quienes pusieron ahí la droga dejó entrever a las claras que debió ser minucioso y por ende pausado, lo que dispara las alertas sobre el nivel de audacia y complicidades que están logrando los traficantes.
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Y en paralelo, uno de los últimos operativos de las madrugadas de toque de queda llevó a las autoridades a Tarifa, parroquia de Samborondón, donde dentro de una casa, debajo de su piso, hallaron bloques de cocaína por más de media tonelada, que los habitantes de la casa cuidaban y que estaban a la espera de ser utilizados en alguna de las formas en que se ingenian los maleantes la exportación del alcaloide.
Tres casos, tres escenas casi cinematográficas, detectados en la periferia de Guayaquil y Machala, dos ciudades que aún no logran salir del deshonroso ranking de las diez urbes peligrosas de Latinoamérica, aunque es muy notoria la baja en la sensación de inseguridad y la frecuencia en que se cometen tales delitos. Esperemos que siga bajando aún más. (O)























