¿Por qué se inunda Guayaquil? ¿Por qué la lluvia parece no tener para dónde escapar en tormentas como la más reciente? ¿Hay un culpable? ¿Hay muchos culpables? He hecho el ejercicio mental de encontrar respuestas a estas preguntas que, sin duda, rondan la cabeza de quienes pagamos impuestos, pero tuvimos que peregrinar entre el caos vehicular y la desesperación familiar aquel lunes en el que el cielo parecía caer por pedazos. Y todos los caminos me llevaron a una idea central: la falta absoluta de liderazgo de que adolece la ciudad es el centro de todos sus males.

Muchos meses atrás sabíamos lo que podía ocurrir de llegar, como lo está haciendo, aquello que los científicos han dado en llamar Meganiño, que no es otra cosa que la versión exacerbada del milenario fenómeno de El Niño, que fue bautizado así porque pescadores y navegantes coincidían en que se presentaba en el océano Pacífico hacia finales de diciembre, casi de la mano del Niño Jesús, y duraba las primeras semanas del nuevo año. Entonces, desde muchos meses atrás nos ha faltado ese/esa líder que presione y gestione eficientemente.

El calentamiento global, agigantado por el hombre, ha ido agravando la situación climática hasta hacer que ese fenómeno navideño ya no sea tan esporádico y que su aparición coincida más con la festividad de la Virgen de la Merced, fines de septiembre, que con el nacimiento de Jesús, prolongando su estadía por muchos meses más. Si todo eso lo sabemos, así como sabemos que a la naturaleza no hay cómo frenarla cuando de arremeter se trata, ¿por qué sigue encontrándonos desprevenidos?

Además, las inundaciones en Guayaquil son el resultado de una combinación crítica entre su geografía natural y problemas de infraestructura urbana, que en el último lustro han empeorado. La ciudad creció rellenando esteros y zonas bajas y gran parte de ella está a apenas 4 metros sobre el nivel del mar, sin una pendiente natural de desfogue. Recibe la influencia directa del océano Pacífico a través del golfo de Guayaquil; dos veces al día y cuando la marea sube, los niveles del río Guayas y del estero Salado se elevan drásticamente. Entonces, cuando coincide una lluvia torrencial con la marea alta, el agua de lluvia que baja por las alcantarillas se estrella con la fuerza del río y regresa a las calles, inundándolas.

¿Responsables? Muchos. La acumulación de desperdicios en la vía pública tapona las rejillas y sumideros, reduciendo aún más la evacuación del agua. Pero sobre todo responsable el alcalde o quien haga sus veces, como en el momento actual, puesto que la ampliación y mantenimiento del sistema de alcantarillado y drenaje de aguas lluvias corre a cargo de subalternos suyos. Quien se siente, aunque sea momentáneamente en el Sillón de Olmedo, debe saber en detalle lo que aquí esbozo. Más aún cuando el Municipio regula dónde se construye y ha fallado históricamente en frenar las “invasiones” y construcciones informales que han eliminado los sumideros naturales de la ciudad.

Mucho por hacer en sentido común, por Guayaquil. Son los “pendientes” para quien la dirija, el próximo año. (O)