Un peligroso giro ha tomado el conflicto actual en Medio Oriente. Además del cierre del estrecho de Ormuz, por donde transitaba hasta el veinte por ciento de las exportaciones de petróleo y gas natural del mundo, así como un alto volumen de combustibles, los hutíes, grupo insurgente yemení auspiciado por Irán, han cerrado el estrecho de Bab al-Mandab, una ruta alterna a Ormuz, situada en el mar Rojo.

Por ese paso Arabia Saudita exportaba hasta 5 millones de barriles de petróleo por día a través de su oleoducto Este-Oeste de 1.200 kilómetros, el que fue bombardeado y puesto fuera de servicio por un grupo insurgente iraquí, apoyado por Irán.

Este nuevo conflicto parece más complicado.

Arabia Saudita, que no es conocido por su capacidad guerrera, esta prácticamente sola: Estados Unidos de América no aceptó bombardear a los hutíes; tampoco decidieron participar Turquía ni Pakistán, países con los que tenía un acuerdo de defensa.

Parece que la posibilidad más factible de solucionar ambos conflictos es un eventual acuerdo de paz con Irán, algo que solo podría ocurrir con un cambio de régimen. Esa posibilidad no es remota. Ya existe una división entre el poder civil que quiere terminar la guerra y el IRGC (la Guardia Revolucionaria Islámica), el ejército radical que quiere mantenerla. Además, recientemente se han reportado levantamientos de poblaciones en el sur del país, así como múltiples huelgas de trabajadores, debido a la precaria situación económica del país.

La guerra de Irán y ahora la de Yemen se están transformando en un conflicto regional con graves consecuencias inflacionarias a nivel global, no solo por el aumento desmesurado del precio de los hidrocarburos y combustibles, sino también de los productos de primera necesidad e industriales, como los fertilizantes.

Para Ecuador, el impacto es muy adverso, por su alta dependencia de la importación de combustibles, cuyos precios se han elevado drásticamente a un ritmo mucho más alto que el aumento de los precios del petróleo que exportamos. Un caso especial es el diésel, que ha subido cerca del doble de su precio a nivel internacional, lo que requiere un subsidio estatal de casi el cien por ciento de su costo de importación. Los subsidios prácticamente a todos los combustibles son cada vez más insostenibles.

El país no cuenta ni con los recursos económicos ni con las herramientas para solucionar a corto plazo este serio problema para su economía. Las únicas soluciones a largo plazo serían la refinación de todos sus combustibles en el país y, por otro lado, el reemplazo de una parte significativa de la enorme cantidad de combustibles que el país consume, sustituyéndolos con gas natural del golfo de Guayaquil y de importación, además de energías renovables.

Quizás una de las pocas alternativas a más corto plazo que nos quedan es pedir la ayuda de Estados Unidos, nuestro aliado estratégico, y de Venezuela, donde se está negociando la reparación de grandes refinerías. En Estados Unidos, el presidente Trump ha solicitado la reapertura de refinerías actualmente cerradas. (O)