El fenómeno de El Niño es, en esencia, una cita que la naturaleza nos tiene anunciada.
No sabemos el día exacto, pero sabemos que vuelve. Y cuando vuelve, encuentra al Ecuador tal como lo
dejó la última vez.
Hoy ha vuelto, y con fuerza. Los organismos técnicos advierten que podría alcanzar una intensidad fuerte o muy fuerte, incluso por encima del de 1997-1998, aquel que afectó a cerca de siete millones de ecuatorianos.
Recién estamos en noviembre y el país cuenta ya, según notas de prensa, con once fallecidos y casi cincuenta mil afectados.
Guayaquil se ha inundado dos veces en una semana. Febrero y marzo amenazan con ser peores, y la industria y el comercio soportan desconexiones eléctricas que, aunque todavía no llegan a los hogares, ya se sienten en la economía de miles de familias.
Antes de seguir, quiero dejar algo absolutamente claro: esta columna no es una crítica al actual Gobierno; todo lo contrario. Este Gobierno recibió un Estado literalmente quebrado y con escasísimos recursos, y, aun así, ha enfrentado con decisión la corrupción y el crimen organizado. Con lo poco que tiene, está haciendo magia, retomado proyectos que llevaban años dormidos, como la interconexión eléctrica con el Perú. A ningún gobierno se le puede exigir que en tres años revierta treinta de abandono.
Me refiero, entonces, a los últimos treinta años, no a los últimos tres.
Las preguntas son inevitables.
¿Qué se hizo después del desastre de 1998? ¿Qué aprendimos?
¿Por qué, casi tres décadas después, seguimos sin una interconexión eléctrica con el Perú, cuando con Colombia la tenemos desde 2003?
¿Dónde está la infraestructura de generación que nos permita no depender de cuánto llueve?
¿Qué pasó con las carreteras que se cortan con cada invierno?
¿Qué pasó con los muros, los canales, los drenajes y las obras rurales que debían proteger a los pueblos que siempre terminan bajo el agua?
La respuesta, lamentablemente, es la misma de siempre: los políticos llegan, prometen, alcanzan el poder y se olvidan del pueblo.
Pasan los años, cambian los gobiernos, entran y salen presidentes, pero el olvido permanece. Y ese olvido tiene rostro: el del Ecuador profundo; del Ecuador pobre, del campesino que pierde su cosecha y de la familia que ve el agua entrar a su casa por segunda vez en una generación. El de un estado fallido que no ha estado a la altura de su gente; un Estado que no ha cumplido con su obligación fundamental (satisfacer las necesidades básicas de su gente): salud, educación, seguridad y trabajo.
Por supuesto que hay excepciones: buenos alcaldes, funcionarios honestos que pasaron por el Estado e hicieron su parte, y el esfuerzo evidente de quienes hoy gobiernan. Pero las excepciones solo confirman la regla.
El Ecuador sigue, todavía, esperando mejores días. Y el fenómeno de El Niño, una vez más, nos recuerda que lo imperdonable no es la lluvia: es llegar a la cita, treinta años después, sin haber hecho la tarea. Como dirían varios de los concursantes del famoso programa de la televisión ecuatoriana, Haga negocio conmigo: “Cero Polito, cero”… (O)











