La cifra de 9.216 muertes violentas en el 2025 sería suficiente para mover a una reflexión profunda a cualquier persona, no se diga de los líderes del Gobierno que están a cargo. Pero ese no es el caso del Gobierno de Noboa, todo lo contrario. No me refiero a las políticas de seguridad, eso lo dejo a los expertos, si no a la desatinada política exterior que explica los escasos resultados en la gestión gubernamental, en general.
Empecemos por el último de los entuertos: Colombia. Una de las reglas de oro de las relaciones internacionales entre Estados es que uno nunca debe pelearse con el vecino, por simple sentido común: la cercanía compartida hace que cualquier altercado entre los dos mine aún más la seguridad, prosperidad y economías de las naciones. ¿Realmente cree Noboa que, dando golpes de mesa como Trump, con aranceles de por medio, va a lograr cooperación del lado colombiano? ¿No comprende que cualquier distanciamiento afecta más al Ecuador que a Colombia, cuyo producto interno bruto es cuatro veces el tamaño del Ecuador? Si en verdad el presidente Noboa quiere no repetir los errores que cometió la Revolución Ciudadana, el primero de ellos fue cortar toda cooperación con Colombia después del ataque de Angostura. Por supuesto que Colombia atacó territorio ecuatoriano y violó su soberanía, pero al no aceptar las disculpas colombianas y ahondar la crisis, los dos países perdieron y los que ganaron fueron las redes de narcotráfico que ampliaron su control territorial hacia el Ecuador. Una vez desatadas las sanciones, la relación se vuelve un espiral de retaliaciones. Una relación que no fluye solo evidencia el deficiente manejo internacional de este Gobierno, por más que multiplique viajes que no tendrán mayor impacto para el país. La política exterior no funciona, porque los ímpetus presidenciales han reemplazado a sopesados análisis de estrategia y a un manejo profesional de las relaciones con países estratégicos para el Ecuador. Y, como para completar el desatinado escenario, casi todos los embajadores relevantes son asignaciones políticas, como el caso de Colombia, donde se destituyó sin más a una excelente embajadora, por un amigo cercano del presidente, que claramente no ha sido capaz de mantener la relación al más alto nivel.
La segunda evidencia es la política sobre migrantes ecuatorianos en EE.UU. Es comprensible que algunas familias ecuatorianas no quieran que el Estado ecuatoriano intervenga para no afectar sus procesos de refugio. Pero nadie esperaba que Cancillería demuestre cero empatía con los ecuatorianos apresados en Minneapolis, en especial a Liam, niño de 5 años apresado, con comunicados de prensa que parecen elaborados por Homeland Security, no por el Ecuador, mientras promocionaba esa misma semana la visita del subsecretario de Guerra de EE.UU. y el encuentro de Noboa con el CEO de Palantir, la tecnología que ayuda a perseguir migrantes. Si Ecuador contrata Palantir debe estar consciente de que estará ayudando al perverso esfuerzo, en especial si empiezan a cumplir con el convenio que firmaron en agosto con Homeland Security, para abrir un centro de procesamiento de deportados de terceros países desde EE. UU. Más que sumisión, esto suena a complicidad. (O)










