Investigaciones patrocinadas por la FAO demuestran la valía y significado de los agricultores llamados pequeños en la provisión de alimentos y en la seguridad de su abastecimiento a la población mundial, siendo básicos en la lucha contra el hambre y la desnutrición, que, según lo acordado por las Naciones Unidad en el 2015, deberían estar abatidas hasta el próximo año 2030, cumpliendo uno de los objetivos globales (OSD), el número 2, sintetizado como “hambre cero”. Conviene, por tanto, refrescar e interpretar correctamente conceptos como hambre y seguridad alimentaria.

La misma FAO define el hambre como una sensación física incómoda y hasta dolorosa, motivada por la degustación insuficiente de energía alimentaria, volviéndose crónica cuando el bajo consumo se torna persistente, en cuyo caso será imposible disfrutar de una existencia normal, volviéndola infeliz, pasiva y enfermiza.

Otro principio invocado es la seguridad alimentaria (diferente a inocuidad) o certeza al acceso ininterrumpido y suficiente a variados nutrimentos inocuos, necesarios para un crecimiento y desarrollo normales hasta lograr y mantener una vida activa y saludable. Esto puede flaquear por la falta de alimentos y/o la carencia de recursos para obtenerlos a precios justos, no especulativos, no hacerlo es lo que conduce al imperio del hambre con su aliada la desnutrición, más grave para la población infantil e individuos de edad avanzada, peligrosa para la convivencia de los pueblos, tanto que al decir del subdirector de la FAO, “el hambre es incompatible con la paz”. Suplir los requerimientos alimentarios cada vez mayores en cantidad y calidad por el crecimiento poblacional que llegará hasta el 2050 a registrar 10.000 millones de habitantes y la demanda de productos agrícolas para satisfacerla crecerá entre el 60 % y 70 % mientras las tierras rendidoras se reducen, siendo la única alternativa aumentar significativamente la productividad de los campos, que en gran medida la cubrirían los pequeños campesinos integrantes de la agricultura familiar, auténtica responsable de la nutrición mundial.

La salida estaría en el desarrollo pleno de actividades no urbanas, con el cultivo de la tierra a la cabeza, seguida de otras disciplinas afines a ella como la ganadería, forestación, acuacultura y pesca, por lo que el Banco Mundial ha aseverado que la agricultura puede derrotar la pobreza, aumentar los ingresos campesinos y garantizar la seguridad alimentaria de las personas que viven en zonas rurales, las pequeñas y grandes urbes, con las mujeres al frente, sabiéndose que el crecimiento agrario es entre dos y cuatro veces más eficaz que cualquier otro sector para cambiar la predominante situación de pobreza. Sin embargo, los agricultores en general deberán recibir un influjo luchador debidamente organizado que los empodere y fortalezca hasta alcanzar un nivel de respetabilidad que les permita cristalizar sus derechos, como lograr que sus cosechas sean comercializadas a precios justos, única forma de otorgar sustentabilidad productiva, frase desgastada de la que tanto se ha escrito y poco o nada se ha hecho para convertirla en realidad. (O)