Hasta el año 2023 entre los requisitos del concurso Miss Universo estaba el límite de edad, que oscilaba entre 18 y 24 años. Pero desde el 2024 dicho concurso eliminó la exigencia de edad para participar. Y a partir de ahí concursaron mujeres de más edad: Ecuador contó con Yajaira Quizhpi, una azogueña de casi 46 años; Alejandra Rodríguez de Argentina, con 60 años, en el mismo año.

El argumento para eliminar el límite de edad fue la necesidad de lograr más inclusión. Así, sin barreras de edad, también hoy se permiten personas transgénero, mujeres casadas y con hijos. Por esta razón, en varios países mujeres con aspiraciones, habilidades e historia buscan la corona.

Adicionalmente, un aspecto crucial es la relevancia mediática y social de esos casos que salen de lo tradicional. Y en estos días, otra mujer de más de tres décadas anunció su postulación a un concurso de belleza. Y aquello levantó las opiniones en las redes sociales: a muchos no les gusta la presencia de mujeres maduras.

Por la filosofía y la sociología política se sabe que aquello de lo que se deja de hablar fenece políticamente. Participar en el concurso Miss Universo le da a la competidora una visibilidad que difícilmente tendría por sus propios medios. Es una palestra gratuita que concentra el interés público.

De ahí que la candidatura de la mujer de tres décadas puede ser analizada como una estrategia para que su nombre vuelva a la esfera pública y se posicione como símbolo de audacia. Pero, además de ser una jugada interesante, es arriesgada, porque el pasado nos acompaña siempre.

¿Qué gana alguien con esos antecedentes políticos y sociales al postularse? Ganará una visibilidad notoria, un reposicionamiento de su nombre. Pero no está libre de tensiones entre el mérito y el espectáculo. Es un excelente espacio para mostrar que las personas pueden reinventarse.

Sin embargo, también puede dar lugar a lecturas cuestionadoras como una extensión de su pasado positivo o negativo. Lo cierto es que el certamen Miss Universo es un espacio para acumular capital simbólico, como lo diría Pierre Bourdieu en su libro La dominación masculina.

En sus reflexiones, Bourdieu reconoce que las sociedades crean espacios para acumular prestigio. Bourdieu lo llama capital simbólico. Sin embargo, Bourdieu también identifica que hay espacios donde se “objetiva” el cuerpo femenino, se legitiman jerarquías y se juzga a las mujeres tras normas que califican a unas como más bellas que otras.

La calificación de unas mujeres como más bellas que otras es, según Bourdieu, un aspecto negativo, porque contribuye a la violencia y a la construcción simbólica de jerarquías, formas de cuerpos y maneras de proceder, que abonan a un imaginario que oprime a las personas.

Esperemos que esas figuras que rompen esquemas contribuyan a un cambio real en la percepción de la belleza y no acudamos a un espectáculo donde se hace todo lo posible por encajar en medidas corporales imposibles, cambios sorprendentes de color de ojos y que contribuyen con violencia simbólica, que es un flaco favor hacia las niñas y adolescentes del mundo. (O)