Hace unos años retornamos al país, en plena época electoral. Mientras caminaba por la calle, de un carro bajó un simpático personaje que me saludó efusivamente; la cuadra siguiente otro candidato estrechó mi mano y acarició la cara de mi niña. Matilde me dijo: “Eres muy popular, mamá”. ¿Cómo explicarle la compleja trama electoral a una pequeña de 5 años?

Le dije que era época de fiesta; que la gente que me saludaba no me conocía, pero que quería mi voto y por eso llamaba la atención. Poco a poco se dio cuenta de que las paredes del barrio y los postes se llenaron de imágenes y mensajes con letras. Le comenté que el Gobierno daba dinero para que pinten paredes, impriman folletos y otras cosas, para que esos personajes sean conocidos por todos. Esa tarde me dijo que un día sería candidata y pintaría las paredes con mariposas, flores y perros, porque eso era más lindo.

Campaña: fiebre de obras

Números y sentimientos

No cabe duda de que las elecciones son una fiesta y en ella los partidos exponen sus ideas, muestran sus candidatos y planean estrategias para convencer a todos. Es igual que una fiesta, pero de máscaras y disfraces. Los candidatos se transforman en gente simpatiquísima; son sin lugar a duda personajes inconfundibles. Lástima que la amabilidad les dure muy poco.

Con máscara y disfraz cubren los cuerpos y las intenciones; en algunos casos, los aparatos electorales les elaboran discursos, les eligen el color de la ropa que deben portar y ensayan mecanismos para captar el voto popular. A las viejas estrategias se suman las actuales, marcadas por las redes sociales y el uso de la tecnología; las imágenes que vemos son más elaboradas; a las capas de maquillaje se suman filtros para embellecerlos.

Por un lado, es una época en que los recursos electorales mueven la economía y provocan la reflexión; todos nos preguntamos a quién elegir y pensamos qué esperamos de las nuevas autoridades. Por otro lado, hay una historia de consecutivas decepciones; varias veces votamos por candidatos que terminaron solo beneficiándose a sí mismos y decepcionándonos.

Un ejemplo es Durán, que en pleno 2024 carece de cobertura universal de agua potable, alcantarillado y seguridad. Otro ejemplo es Esmeraldas, de donde salen miles de barriles de petróleo y, sin embargo, los servicios básicos no llegan a la gran mayoría. Y mientras tanto, las propuestas para controlar la delincuencia se reducen a la represión.

Es hora de que las promesas electorales se alimenten de datos, se sustenten con estrategias y se discutan con todos los sectores. También es hora de que todos asumamos parte de la responsabilidad; por ejemplo, las universidades e instituciones que poseen datos fundamentales de desarrollo deben entregarlos a los partidos políticos para que construyan planes realistas, integrales y participativos.

Frente a la nueva época electoral, es hora de dejar las máscaras a un lado y develar las intenciones; para ello, el debate, el análisis fundamentado y la participación democrática pueden darnos la luz que falta, para no volvernos a decepcionar. (O)