El libro Hiperespacio es un precioso texto del físico teórico Michio Kaku. El documento comienza con el recuerdo de un estanque de peces brillantes; esa experiencia le permitió preguntarse si aquellos peces se daban cuenta de que era observados por Michio.
Décadas más tarde, con esa anécdota explicó la complejidad de la existencia y lo limitado de nuestras opiniones. Pues, al igual que los peces del estanque, al relacionarnos exclusivamente con los mismos, al movernos solo en un solo espacio, perdemos la comprensión de que hay otros espacios, culturas y significados.
De ahí que conocer nuevos contextos más allá de lo cotidiano es importante; por eso, una buena inversión es posibilitar que los estudiantes se muevan a entornos diferentes. Un fin de semana junto con las comunidades rurales puede dotarles de más perspectivas que varias clases teóricas. Aunque dichas salidas se ven limitadas por el temor y la falta de recursos.
Movernos fuera del estanque requiere valentía, pero proporcionará experiencias únicas para repensar las sociedades y comprender el punto de vista de los otros. Pero, antes de moverse a otros barrios, lo lógico y deseable sería que se prepare a los sujetos para enfrentar diversas situaciones.
El año 2024 queda sin cierre emocional, pues la desaparición de cuatro pequeños deja al país sin razones celebrar. A la historia de las familias desagarradas por la ausencia de sus adolescentes se suma la otra tragedia, la de jóvenes militares que de la noche a la mañana ven destruida sus vidas, su prestigio y mutilado su futuro.
Cuando nos preguntamos ¿cómo sucedió esta tragedia?, lo primero que se nos viene a la mente es que los jóvenes no tuvieron la suficiente preparación para estos hechos. ¿Por qué nadie protegió a los niños y denunció inmediatamente que algo pasaba?, ¿qué tanto estudiaron el escenario, los jóvenes soldados, para detener a cuatro pequeños y no contactarse a sus familias?, ¿a quién se le ocurre abandonar en medio de la vía a los niños?, ¿quiénes dirigieron a los jóvenes soldados?
Son demasiadas preguntas y muchos implicados en un suceso que deja abierta una herida nacional. Sin embargo, no podemos quedarnos en la tragedia de la pérdida de vidas inocentes de los niños y de vidas trucadas de jóvenes que esperaban defender a su patria. En realidad, hay un culpable y ese es el servicio público; son ellos quienes debieron preparar minuciosamente a sus elementos para actuar en el territorio.
Pero cambiar la historia, resarcir las tragedias no es tarea de una sola institución. Es hora de que las universidades, las fuerzas armadas y el Estado generen planes de acción para afrontar de una vez por todas la inseguridad y la violencia. Obviamente, se requieren recursos, pero esos no pueden limitarse a la compra de armas; también urge la inversión en capacitación científica a las fuerzas del orden; para que actúen como debe ser, con conocimiento, razonamiento y control emocional; caso contrario, se entrega armas a quienes no están listos para actuar. (O)