“Mano de hierro en guante de seda”, así definió un comunicador, hace pocos días, el estilo de gobierno que sostuvo Isabel II durante su reinado. La vieja y metafórica expresión se usa para calificar un modo de dirección que combina, en proporciones adecuadas, una posición clara, firme, decidida, sostenida y efectiva en cuanto a los objetivos con un modo cordial, respetuoso y fluido en las relaciones. En otro orden, Marcel Czermak la usaba para definir el trabajo del psicoanalista en la conducción de un tratamiento. No me corresponde calificar el estilo de la reina, pero me pregunto si alguno de los presidentes ecuatorianos que recuerdo merece esta calificación, y me parece que quizás don Clemente Yerovi Indaburu lo consiguió en su brevísimo aunque productivo interinazgo.
En cuanto al resto, creo que se ubican en algún lugar entre los extremos del “mano de piedra en guante de espinas” y el “mano de gelatina en guante de vaselina”, con todas las combinaciones posibles entre estos cuatro materiales u otros que a los lectores se les ocurran, por sus propiedades físicas e imaginarias. Ello incluye al Gobierno actual, que, salvo por el manejo aparentemente bien logrado de la macroeconomía, impresiona como una administración peligrosamente dúctil y maleable en la gestión política, que no genera confianza en los ciudadanos. Vivimos esperando al mandatario que pueda sacar al país del caos y la frustración, sin asumir que somos los responsables de la elección de aquellos que sucesivamente nos defraudan. No nos hacemos cargo de nuestra ingobernable levedad del ser ecuatorianos.
Merecemos los presidentes, asambleístas (...) que tenemos; y, en lugar de quejarnos, deberíamos trabajar para merecer otros.
Somos un pueblo colectivamente “histérico”, aunque la histeria fue borrada hace muchos años de la nosología y del vocabulario de la psiquiatría, y en el mismo discurso del psicoanálisis se escucha menos que en tiempos de Freud, definida como un uso especial del cuerpo en la expresión del pensamiento y una posición particular en torno al deseo y a quien ocupa el lugar de un amo. Su empleo se mantiene en el habla popular como equivalente de teatralidad, seducción y reacciones afectivas desmesuradas. La acepción popular no contradice la psicoanalítica y se conjuga con ella en nuestra histeria-historia nacional. Somos un pueblo crónicamente quejumbroso e insatisfecho que no se hace responsable de su propio deseo y del compromiso de ponerlo en acto afrontando las consecuencias. Elegimos y erigimos un amo, lo sostenemos un rato y luego lo dejamos caer para buscar un sucesor. Preferimos la teatralidad de la tarima a la palabra y el pensamiento. Nos sometemos en silencio hasta que reventamos y tumbamos al tirano que construimos. Pensándolo bien, somos “superhistéricos”, y nuestros candidatos lo saben.
Merecemos los presidentes, asambleístas, alcaldes y prefectos que tenemos; y, en lugar de quejarnos, deberíamos trabajar para merecer otros. Empecemos por cuestionar nuestra “corruptibilidad genética”, nuestra inercia e indiferencia, nuestra victimización irresponsable y nuestra preferencia por las “movilizaciones” que paralizan y destruyen al país en lugar del diálogo, que supone argumentar y perder algo para ganar otra cosa. (O)