De la pluma de Gabriel García Márquez está el pasaje titulado “la peste del olvido”; en pocas palabras, relata la llegada de una pandemia que causaba pérdida de memoria. Ya que la enfermedad era progresiva, Aureliano Buendía pensó en una solución y decidió etiquetar todas las cosas con su nombre, fue al establo y puso letreros en las gallinas, cerdos, etc. Pero, al final del enorme trabajo, se preguntó: ¿qué pasaría cuando nos olvidemos de escribir?
Aquella pregunta ronda hoy por los pasillos de la universidad, donde constatamos que las viejas destrezas de escribir, leer y memorizar empiezan a tomar otra forma, pues la tecnología acelera su paso. Las empresas tecnológicas descubrieron que odiamos hacer cosas repetitivas y con el fin de mitigar tal hastío crearon herramientas que reemplazan la necesidad de memorizar. Hoy tenemos aplicaciones que nos recuerdan el número telefónico, hacen operaciones básicas, contestan correos electrónicos y dejan mensajes de diverso tipo.
La importancia de la tecnología toma todo el espacio, y asignaturas como Historia, Geografía, Cívica o Artes están en un lugar marginal. Igual ocurre con las labores de componer frases, analizar datos o diseñar estructuras. ¿Qué nos queda a la educación? Los expertos sugieren que nos concentremos en el desarrollo del pensamiento crítico.
Pero el desarrollo del pensamiento crítico requiere de operaciones mentales, como recordar, identificar, razonar, deducir, comparar, hipotetizar escenarios futuros, entre otras. Sin embargo, el uso indiscriminado de la tecnología parece volvernos analfabetos funcionales; es decir que aunque sabemos leer y escribir no podemos interpretar qué imagen está frente a nuestros ojos.
Al inicio de las Olimpiadas de París 2024 se presentó la mascota, que según su creador, evoca al sombrero de la Revolución francesa de 1789. Pero resultó que varios identificaron a la mascota con un clítoris. De todas maneras se requería una explicación porque no en todos hay nociones de la historia universal.
Ya puesta en escena, la mascota se usó para reivindicar los derechos femeninos y recordar hechos cuestionables, como la mutilación de genitales. Aquello evidencia la genialidad, gracia y complejidad del pensamiento humano. En resumen, no se recordó a la Revolución francesa y generó debate, mientras sacó más de una sonrisa.
La llegada del internet y la inteligencia artificial trae la ilusión de que se democratiza la ciencia y que la información valiosa circula para bien de la humanidad. Sin embargo, poco a poco descubrimos que el mar de información del internet contiene más datos errados que precisos. Y que el acceso a información valiosa está restringido; y que necesitamos educación para no ser engañados.
Pero los conocimientos más necesarios siguen ocultos tras las patentes, y los artículos científicos prestigiosos requieren de pago para darles un vistazo; también, los servicios educativos están restringidos a unos pocos. De ahí que la educación tiene nuevos desafíos; si bien ya no se puede exigir memorizar datos históricos para identificar un gorro de 1789, sí se requiere prepararnos para no caer presos de la confusión. (O)