Aunque América Latina se encuentre a más de 14.000 km de distancia del teatro de operaciones, los bombardeos de EE. UU. e Israel contra Irán van a afectar a la región. Una de las características de sus sociedades nacionales es que la condición periférica de su presencia en el ámbito global las vuelve vulnerables a eventos fuera de sus fronteras sobre los que no tienen control o incidencia. La guerra en el golfo Pérsico tendrá varias consecuencias.
La primera tiene que ver con la política internacional. Las retaliaciones armadas de Teherán alcanzan a varios países importantes del sur global en el Medio Oriente y ponen al descubierto la fragilidad de las iniciativas que eventualmente eran vistas como opciones estratégicas de autonomía, en concreto los BRICS+. Irán, siendo miembro de ese grupo, ha lanzado operaciones militares contra Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, también socios del foro, pero que ofrecen facilidades para la operación de EE. UU. Las expectativas, muy generalizadas especialmente en la primera ola de Gobiernos del centro a la izquierda de la región, de que un escenario de esa naturaleza ofrezca cobertura política a la autonomía latinoamericana frente a Washington se han confrontado con la naturaleza explícita de un mundo en donde el poder material y no las normas guían la transformación del orden internacional.
Una segunda consecuencia es el impacto directo e inmediato en el comercio por la elevación de los precios del petróleo y el gas licuado. Buena parte de la energía usada por las contrapartes comerciales más importantes, China o Europa, por ejemplo, pasa por el estrecho de Ormuz, que se encuentra bloqueado. Los exportadores hacia América Latina elevarán sus costos de producción y el valor de los bienes que se venden a la región. Las economías latinoamericanas se insertan en la globalización con una oferta que gira alrededor de bienes primarios. La posibilidad de que la demanda caiga como consecuencia de aquello que se prevé como una crisis inflacionaria global, que eventualmente sea recesiva, es cierta. Además, aunque varios países, como Ecuador o Venezuela, recibirán más recursos por sus exportaciones petroleras, al mismo tiempo gastarán más en la importación de productos refinados: gasolina, diésel, lubricantes, pues no están en condiciones de abastecer sus requerimientos domésticos con sus propias industrias.
La tradición de las políticas exteriores latinoamericanas desde el siglo XIX hasta nuestros días se levanta sobre su apego al derecho internacional como una forma de moderar las asimetrías. La guerra contra Irán rompe toda norma y tradición de convivencia, particularmente la Carta de las Naciones Unidas. El régimen teocrático, autoritario y represivo de Teherán también es inaceptable en los estándares de esas mismas tradiciones civilizatorias de América Latina, que se erigen sobre la invocación a los derechos humanos y al laicismo, pero el escenario mundial del momento contemporáneo es el del poder brutal, el alineamiento oportunista y la emergencia de un nacionalismo atávico y reaccionario que asedia a las éticas fundamentadas en la racionalidad. (O)










