El secretario de Guerra de los Estados Unidos, Peter Hegseth, ha develado un nuevo mapa estratégico para el hemisferio occidental. En él se formula el concepto de “Gran Norteamérica”, que designa un perímetro de seguridad territorial desde Groenlandia hasta el Ecuador y desde Alaska hasta Guyana. Todos esos países bajo el trópico de Cáncer dejan de ser, mediante declaración del funcionario, parte del Sur Global.

Después del colapso de la Unión Soviética, dos tipos de narrativa ideológica han emergido en el mundo para referirse a la transición del orden global posterior a la II Guerra Mundial. Por un lado, un relato mítico que mira a EE. UU., no a las Naciones Unidas, como algo parecido a un gobierno global, fuente de toda regla internacional, cimentado en la capacidad militar; y por otro, una visión que imagina que ese país se encuentra en un proceso de vertiginosa decadencia y deterioro que lo volverá irrelevante en muy pocos años. A la primera imagen corresponde la ilusión de la Gran Norteamérica. La segunda es irreal.

Los Estados Unidos en América Latina han recuperado la iniciativa estratégica. Han propuesto una imagen que visualiza la región como un territorio prolongación del suyo propio, pero hay varias dinámicas que Washington no controla. Una de ellas es la inmensa cantidad de relaciones de interdependencia e interconexiones producidas en la última ola de la globalización y cuya expresión más importante en el hemisferio es la presencia económica de China. La política de los Estados Unidos se asienta actualmente sobre una prioridad obsoleta de las relaciones internacionales que entiende al control territorial, y por tanto a la capacidad bélica, como el centro del poder internacional, pero esa cualidad no soluciona todos los temas.

Por ejemplo, ningún país de la región, especialmente de Sudamérica, puede prescindir de sus relaciones comerciales con Pekín e, independientemente de que varios de los gobernantes se identifiquen con los valores de los ultraconservadores radicales estadounidenses, no están en condiciones de alejarse de un socio económico que importa bienes, invierte en proyectos de infraestructura sin mayores condicionamientos ambientales o sociales, y provee de productos industrializados de bajo costo. La Gran Norteamérica es irrelevante en estos temas. El mapa no tiene utilidad. La proyección militar no resuelve las realidades económicas.

La política exterior de Washington parece presumir que el momento de transición global ha debilitado a todas las normas internacionales y que, en ese contexto cada país queda librado a sus propias fuerzas, y por ello, como las de EE. UU. son inmensas, podrían hacer lo que quisieran. Las conductas depredadoras, sin embargo, no estabilizan nada. Lo están probando la Guerra contra Irán o la de Rusia contra Ucrania en donde la fuerza ha sido estratégicamente ineficiente. El nuevo orden hemisférico, la Gran Norteamérica, la pretensión sobre Groenlandia pueden ser sueños efímeros. Dependen no solo de la intimidación internacional, sino también del ámbito doméstico, de la economía de los electores, que sienten en el bolsillo cómo el petróleo sube todos los días. (O)