“Los partidos políticos no pueden convertirse en fines en sí mismos, cuyo objetivo principal sea el acceso al poder y la perpetuación en él. Solo así se puede garantizar una democracia auténtica”. Antonio Trevijano García.
El gran pensador y maestro Trevijano lo decía claramente, los partidos políticos han perdido la brújula. Dejaron de ser, o nunca fueron, espacios de formación de líderes, discusiones serias sobre la dirección del país, un grupo de personas afines a un objetivo colectivo, algún punto de encuentro con pares o simplemente un espacio de filiación política.
Revisando la historia pos Revolución francesa, los políticos se formaban principalmente a través de la experiencia práctica en las asambleas y la administración, generando una época marcada por la corrupción y un mal trabajo. Luego se instauraron los Jacobinos y Giordanos, que apelaban por un Estado central fuerte y otros que buscaban uno más moderado y comercial. El momento del quiebre llega con Napoleón, quien instauró escuelas de formación política especialmente dirigidas a militares y administradores que lo apoyaban. Así, los partidos encontraban un espacio en la formación de jóvenes profesionales que se dedicarían a trabajar en política o en administración del Estado.
(...) no es posible que del bolsillo del ciudadano se financie a partidos y políticos que en gran parte nos hacen quedar muy mal.
En Occidente, la ampliación del sufragio y la industrialización llevaron a la creación de partidos que representaban intereses específicos, como de los trabajadores, los agricultores y la burguesía. Luego llegaron los partidos nacionalistas, comunistas y fascistas.
A partir del siglo XXI no se ha evolucionado en nada, menos como urge. Cada vez los partidos políticos se ven como espacios de acuerdo y compromisos entre los dueños del partido y cualquier sujeto que tenga interés de que impriman su nombre en alguna papeleta. O peor aún, como un espacio de alquiler que viene con un compromiso de entregar un par de puestos políticos si se lograse el objetivo. Al ver candidatos o el accionar de los partidos surgen las inevitables preguntas: ¿serán los más preparados? ¿Sabrán a qué van? ¿Están capacitados para liderar? Lamentablemente, son cuestionamientos básicos, pero reflejan la pobreza de los partidos, la formación y el resultado de los mismos.
La política no se ha profesionalizado, los partidos han obviado el objetivo de ser ese puente de acuerdo entre las aspiraciones ciudadanas y el Estado. Ser la contraparte y contrapoder. Deben ser un espacio de promoción de personas entrenadas para el servicio público, representando ideales que identifiquen a los que se afilien. De paso, es imposible pensar que deban ser financiados por el Estado, no es posible que del bolsillo del ciudadano se financie a partidos y políticos que en gran parte nos hacen quedar muy mal y que seguramente muy pocos emplearían.
Debemos empujar por una profesionalización para los personajes que sirven o que van a servir al país, la pobreza extrema, la violencia y la inequidad no pueden esperar a que se trabaje a la prueba y el error. Es necesario que tengamos esta discusión, los partidos políticos como están concebidos deben tener las horas contadas, nuestro país merece más de esa clase que tanto daño ha hecho y tanto bien puede hacer. (O)