Sí, frente a un muro. Sin opciones, entre el desconcierto y el miedo. Enredados entre la inutilidad del Estado y las maniobras electorales, agobiados por las malas noticias y la nulidad de la representación política. Inermes, asombrados e indignados, así estamos, y mientras la incertidumbres crece y nos quedamos en tinieblas, los asambleístas y los candidatos cumplen sus agendas con asombrosa ignorancia de la tragedia nacional.

Muro de la indiferencia. Muro de la sordera. Muro de la ceguera. Muro de la ausencia de sensibilidad, del olvido de los deberes esenciales y de las mínimas responsabilidades.

¿República, Estado de derecho, mandato político? Fueron conceptos nobles alguna vez, pero ahora suenan a mentira y, en nuestra circunstancia, resultan palabras vanas y nociones sin sustancia. Cada muerto, cada asalto, cada robo es un desmentido al poder, es la confirmación de que estamos librados a la suerte, a la casualidad, al terror.

¿Servicios públicos? Estamos a oscuras, apelando a las velas, linternas y faroles, con la refrigeradora dañada, sin internet, sin poder trabajar. ¿Servicios públicos? Calles bloqueadas, aceras rotas, basura, tumulto de vehículos y vendedores, circo en los semáforos y policía ausente.

¿Democracia? Asambleístas y candidatos que afinan sus estrategias e intereses y “trabajan” para sus carreras políticas. Intolerancia, anuncio de paros y bloqueos, desmesura en lo que se dice y se propone. Mientras tanto, crecen los desempleados, se comen la camisa los despedidos, calculan las quiebras los empresarios, y los jubilados cuentan los centavos para comprar medicinas y ayudar al hijo. Los profesionales suspiran por un destino y piensan en irse. Hombres y mujeres apuestan a la migración y se van “aunque sea a pie”, cruzan el Darién, se endeudan con los coyoteros, sueñan con la tierra gringa. Gente valiente.

¿Dignidad? Hay ciudades y pueblos que se hicieron tenebrosos, oscuros; el miedo corretea el destino de muchos. Hay quienes ya no creen, se han habituado a lo peor y esperan la tragedia. ¿Dios? Quizá, el que está en la iglesia, el Señor del Gran Poder. Incluso los incrédulos vuelven los ojos para allá y tratan de recordar la oración que aprendieron en la casa, en la escuela, de la abuela o la tía. Rezar por el milagro de la lluvia que no llega. Angustiarse por el cielo azul hasta la exasperación. Esperar al menos una garúa compasiva, mirar los cauces secos de los ríos y escuchar atentos el “horario de cortes”, para acomodar la vida a la oscuridad.

¿Alegría? Pese a todo, alegría por otro día, por el silencio que imponen los cortes, porque cada mañana es una posibilidad, y una llamada puede ser una buena noticia. Y la paz podría llegar. Alegría en cada casa, en la intimidad, es lo que queda, es lo que no debemos perder.

¿Un libro? No hay luz para leer, tendrá que esperar. ¿La campaña?, mejor es olvidarla. ¿La política?, que no se meta en la casa ni envenene a la familia.

El muro está aquí, al frente ¿Podremos derrocarlo como ocurrió con otros muros? (O)