Desde ese estado de ánimo, algunos grupos de ecuatorianos comentan los resultados de las últimas elecciones. Especulan sobre las razones para que la paridad en la votación sea tan evidente. Vaticinan el futuro. Emiten comentarios entre amigos y en redes sociales. Febrilmente, como si ese estado de ánimo debiese ser alimentado y fortalecido para ahí resolver la incertidumbre que históricamente nos caracteriza como pueblo, por la improvisación y la ausencia de preparación para la vida colectiva que, al fin y al cabo, pese a los adecuados niveles de vida individual y grupal que han alcanzado algunos ciudadanos, son las que dibujan el escenario social en el que vivimos los ecuatorianos. Desconfianza y angustia en el presente y también de cara al futuro.
No sirve de mucho ese fervor ciudadano descontrolado, que raya en la desesperación y el desaliento, porque no contribuye a resolver lo más importante, que sí ha sido resuelto en algunos casos, individual, familiar o grupalmente. Para mantener ese preciado y precario bienestar, en una sociedad como la ecuatoriana, la gente que lo ha alcanzado se aísla físicamente de la realidad cotidiana, cerca sus casas con muros y alambrados eléctricos, coloca grandes puertas en las calles de acceso a sus domicilios en vecindades y barrios, instala sistemas de seguridad y cámaras para mirar desde adentro esa realidad ¿externa? de la que son parte.
Arrebujados en el hogar. Conectados virtualmente con el mundo local, nacional y mundial a través de redes sociales y diferentes servicios de conexión que forman parte de la omnipresente internet. Encerrados. Porque salir es un desafío por el riesgo que significa estar en nuestras calles, desplazarse de un lugar a otro en las ciudades o viajar entre provincias ya sea en vehículos privados y peor aún en públicos. Además, la inseguridad y el miedo no son el común denominador solo de los espacios físicos, sino también de los virtuales, por los ataques y extorsiones que están latentes y al acecho en la red tecnológica.
Ahí, en esa realidad crítica e indisoluble de lo material con lo virtual, nuestro temperamento colectivo –lejano a la autocrítica– adopta formas febriles por la queja y la frustración que nos invaden y dibujan la cotidianidad, azuzando con ira y frenesí la búsqueda de los responsables de la debacle instaurada, claro, siempre dejándonos por fuera… como si estuviésemos al margen.
Febrilmente criticamos a todos y a todo. Nos enfrentamos entre nosotros, muchas veces desde la sandez y la desafiante agresión que proviene de la altanera ignorancia, permaneciendo en la superficie de los problemas, solazándonos por las dentelladas que nos infligimos mutuamente, porque nos sentimos poseedores exclusivos de la verdad y de las soluciones, cuando en realidad simplonamente pasamos entretenidos diagnosticando el entorno y pontificando con soluciones que siempre están afuera, sin tener la más mínima decisión de comenzar por nosotros mismos.
Febrilmente analizamos la realidad, trazamos el rumbo que debemos seguir y culpamos a los otros por lo que nos pasa. Apáticamente, en la práctica, medramos en el individualismo y en la falta de compromiso social. (O)