Eos es –en la mitología occidental– una diosa hija de Zeus. Mientras Eos recorría la Tierra encontró a Titono, un simple mortal, pero con una imponente figura que conquistó a la diosa Eos. Con el corazón de Eos deslumbrado, y conocedora de la brevedad de la vida humana, se dirigió hacia Zeus, implorándole que conceda la vida eterna a Titono.
Zeus accedió al pedido de Eos y le entregó a Titono la vida eterna; pero Eos se olvidó de pedirle que junto con la inmortalidad también le conceda la juventud perdurable. Conforme los años pasaron, Titono si bien vivía, su cuerpo envejecía, a tal punto de ya no mantenerse en pie. El fin del relato tiene varias versiones, en algunas Titono queda confinado en un cesto; en otras, se convierte en una cigarra.
De aquella narración se desprenden varias lecciones, a propósito de la época de apagones y enjuiciamientos. Resulta de una simplicidad única llamar a los ministros del último gobierno a rendir cuentas de acciones de mantenimiento de las centrales hidroeléctricas. Quizá lo apropiado sería llamar a todos los antecesores que debieron garantizar el mantenimiento de los bienes estratégicos del país.
Puesto que nada permanece nuevo y que el deterioro de edificios y bienes públicos es inminente; no basta con que existan esos bienes, junto a aquello deben registrarse las partidas presupuestarias para mantener las infraestructuras y mejorarlas. De ahí que identificar cómo se administraron históricamente –en todos los gobiernos– los bienes públicos es una tarea urgente.
Sin embargo, se tiende a pensar que es la voluntad de un solo hombre o mujer el que las cosas funcionen, y eso no es así; detrás de las figuras públicas hay un aparato estatal formado por un ejército de miles de servidores públicos y técnicos que presentan propuestas, entregan informes, comunican resultados de evaluaciones periódicas y son los ojos que vigilan.
De ahí que los Estados más exitosos cuentan con escuelas de formación de sus servidores públicos. Y estos últimos conocen no solo el aspecto técnico que demanda su puesto, sino que están empapados de moralidad social y ética para garantizar que, a pesar del cambio de mando consecutivo –propio de las democracias–, los procesos técnicos no se paralicen.
La moralidad social es un conjunto de normas y valores que regulan el comportamiento de una sociedad.
A la luz de la moralidad social se juzgan los hechos y es el motor que alimenta el deber ser de un funcionario público. Sin embargo, desde hace varias décadas la discusión sobre la moral, la ética y el análisis social no son prioridad en Ecuador, de hecho, se los descartó de los currículos escolares, aunque hace poco volvieron como un anexo de la educación básica.
Si los pronósticos –de cambio climático– se confirman, los meses y años que vendrán nos enfrentarán a fuerzas naturales arrasadoras, como sequías, incendios, inundaciones y problemas de contaminación. Por lo tanto, urge analizar lo que ha ocurrido y garantizar que los olvidos, descuidos o desgobierno no continúen. (O)