La crisis institucional que atraviesa el Club Sport Emelec no es un episodio aislado ni una racha deportiva adversa: es el resultado de un vacío de conducción que se hizo evidente tras la salida de Nassib Neme. Un club grande, histórico, protagonista permanente del fútbol ecuatoriano, cayó progresivamente en manos de dirigencias improvisadas, sin la experiencia, la planificación ni la responsabilidad que exige administrar una institución de esta magnitud, con excepciones que merecen respeto.
Emelec no es una empresa común ni un equipo más. Es una institución con millones de hinchas, con una estructura deportiva compleja y con obligaciones financieras que requieren gestión profesional, visión de largo plazo y compromiso personal de quienes la dirigen. La improvisación en un club de esta escala no solo genera malos resultados en la cancha: erosiona su credibilidad, deteriora su patrimonio y fractura su tejido institucional.
Tuve el honor de servir como síndico del club en dos ocasiones. La primera, brevemente, junto a Jorge Arosemena Gallardo; la segunda, en una etapa más prolongada, con Elías Wated y Nassib Neme. Esa experiencia me permitió comprender de primera mano las complejidades de la dirigencia deportiva en Ecuador. Administrar un club como Emelec no es una actividad decorativa ni una tribuna de protagonismo personal. Es una tarea que exige sacrificios económicos, desgaste emocional y una disponibilidad casi absoluta de tiempo y energía.
La dirigencia deportiva seria implica tomar decisiones impopulares, asumir riesgos financieros y sostener proyectos cuando la presión externa arrecia. Además, respaldar al club con patrimonio propio cuando las circunstancias lo demandan, verdad incómoda de nuestro fútbol. Sin una chequera de respaldo de varios millones , sin capacidad de asumir contingencias y sin solvencia moral para administrar recursos, es imposible sostener a una institución competitiva.
Hoy Emelec necesita recuperar una cultura de responsabilidad y profesionalismo. No se trata de nostalgia por un pasado reciente, sino de reconocer que los modelos exitosos no fueron producto del azar. Fueron el resultado de planificación, disciplina financiera y liderazgo firme. El club debe volver a manos de personas que entiendan que dirigirlo es un honor y una carga que no admite improvisaciones.
Ojalá quienes resulten electos en la contienda que se avecina comprendan la dimensión histórica del momento. Tomar el control de Emelec no es ganar una elección interna: es asumir la custodia de un patrimonio deportivo y emocional de Guayaquil y del país. Se requiere carácter, experiencia, solvencia y voluntad real de poner recursos y energía personal al servicio del club.
Suena duro decirlo, pero es necesario. El fútbol ecuatoriano no perdona la ingenuidad dirigencial. Y Emelec, por historia y grandeza, merece volver al lugar protagónico que siempre ha ocupado. La crisis actual debe ser una lección: sin conducción seria no hay institución que resista. Con liderazgo responsable, Emelec puede –y debe– reconstruirse.
Desde esta columna hacemos votos porque soplen nuevos vientos para el ballet azul, que lo regresen al lugar de privilegio que merece.
Y que “tiemblen porque volví”. (O)











