Estudié en un colegio en cuyo bar las alumnas dejábamos las monedas que costaban los productos, sin que nadie las contara: había una confianza sólida en que cada consumo sería correctamente pagado. En mi alcancía infantil, nadie metió la mano. Jamás mi hermana tomó una prenda de vestir de las mías. Así se educaba la confianza, esa seguridad implícita en el orden, la propiedad, horarios, más que con discursos, con modelos de comportamiento.

Tal sentir es lo que echo de menos cuando medito en la vida del presente. ¿En qué momentos perdimos esa cualidad que nos permitía entrar y salir de ambientes y edificios con tranquilidad, que nos hacía creer en los testimonios ajenos, en las prédicas del párroco o de la autoridad de turno? ¿Habrá empezado todo con aquella orden a un niño que abrió la puerta: “anda y dile que no estoy”? Yo leía las justificaciones a las ausencias de los adolescentes y el justificado me decía que su madre había mentido (y yo me agarraba a la sinceridad del muchacho y no lo traicionaba, en el afán de hacerle ver el valor de la verdad, que yo pagaba con darle crédito a él y no a la mentirosa).

Lo cierto es que hoy vivimos en una ciénega de desconfianza en que dudar es defenderse: el taxista puede secuestrarnos; los trabajadores que hacen obras en nuestras casas estarían observando por dónde ingresar y robar; los carteristas desarrollan extraordinarias habilidades para desvalijar a los turistas; hay que estar atentos al expendio de la gasolina porque un surtidor expresamente desequilibrado puede estafarnos. La lista de los hechos desconfiables es muy larga.

¿Se considerará victoria la mentira de un enclave político determinado –dejar afuera de la Presidencia de la Judicatura a una legítima funcionaria con derecho al cargo, por ejemplo–, ¿puede seguir adelante quien orqueste estos enjuagues turbios siempre descubiertos e impresos en rojo para la historia? ¿Pretenderá que nos olvidemos de estos procederes mirando futuras reelecciones? En un país como el nuestro, tan lastrado por la ignorancia y la desmemoria, puede que sí, que el hecho se pierda en la selva de jugarretas políticas, simplemente porque actuar correctamente “no se puede”, como sostienen algunos, que defienden que el fin justifica los medios.

Y entre esos vaivenes vivimos, con tierra resbaladiza bajo los zapatos –la del peligro, la mentira, la triquiñuela–, buscando palabras en las cuales creer. En esa línea nos sale al paso a los maestros el monstruo de la inteligencia artificial, que puede realizar las tareas estudiantiles en minutos, dejando la mente del alumno sin ejercicio para abordar los desafíos del futuro. Ya se discute en mi terreno –la literatura– sobre obras escritas artificialmente que se pasan por legítimas, obligando a detener una edición porque con la verdad caen los pseudoescritores y la editorial que dio cabida a un texto falso.

Como broma se cuenta que los cónyuges infieles practican la norma de “negar siempre”, aunque el adulterio les estalle en la cara, con la consabida frase “no es lo que parece”.

Lo que sí es verdad incuestionable es que la virtud de la confianza, esa que nos hace sostenernos en dos pies sin caernos, tener salud mental y esperanzas en el porvenir, está mellada. Debería ser parte de algún plan de gobierno restituirla. (O)