Una de las características del momento actual en las relaciones internacionales es el esfuerzo que varios Gobiernos están haciendo para erosionar las organizaciones multilaterales, las entidades en donde varios países deliberan, discuten, acuerdan agendas o dejan constancia de sus discrepancias.
Un ejemplo. La más importante de las organizaciones internacionales es la ONU y Donald Trump la atacó en la Asamblea de la entidad y cuestionó su utilidad. Estados Unidos ha abandonado y desfinanciado buena parte del sistema de oficinas de la Organización. Se fue del Acuerdo de París, también salió de la Unesco, que hace seguimiento de la educación y la cultura. Dejó la Organización Mundial de la Salud, a la que criticaron por ¡promover vacunas y derechos reproductivos!; y también partió de ONU Mujeres y del Fondo de Población.
A la luz de las necesidades de América Latina, esos temas son parte de su agenda de desarrollo. No solo eso, sino que los países de la región los han promovido a lo largo de la historia reciente. Desde la perspectiva de los actores internacionales vulnerables, razonando en términos pragmáticos y no ideológicos, las normas, reglas, convenciones e instituciones son compromisos colectivos que ayudan a contener y amortiguar las asimetrías del orden internacional.
Es comprensible, más allá de los cuestionamientos éticos, que una potencia con pretensiones hegemónicas prefiera tratar directamente, mediante relaciones bilaterales, con países menores, porque en ese tipo de contacto normalmente la agenda de quien tiene más recursos políticos, económicos o militares termina imponiéndose, pero es inexplicable que haya países débiles, cuya política exterior asuma sin beneficio de inventario el entusiasmo de golpear a estos organismos o que crea en la fantasía de “relaciones especiales” con un actor poderoso.
Las organizaciones multilaterales proveen espacios y mayor peso negociador a los Estados pequeños, generan oportunidades de coordinación y obtención de mejores condiciones económicas o políticas, acceso a financiamiento y protección. Estas entidades ayudan a la solución de conflictos, que de otra manera estarían librados a la arbitrariedad y eventualmente al uso de la fuerza, permiten lógicas de integración y de potenciación productiva, así como regulan y estimulan la inserción de las economías débiles en cadenas globales de valor.
Por todas estas razones, el conflicto ideológico, la retórica fácil y hostilidad personal que alimentan el distanciamiento entre Colombia y Ecuador, que pone en riesgo la existencia de una de las organizaciones más útiles para sus pueblos, la Comunidad Andina, no pueden celebrarse ni alentarse. Esta organización subregional ha sobrevivido al modelo proteccionista de sustitución de importaciones, al neoliberalismo del consenso de Washington, a la guerra entre Ecuador y Perú, pero está en peligro. Sirve para regular el comercio, negociar en bloque con otras organizaciones de países y promover el desarrollo. Su abatimiento no haría más que generar desconcierto, inestabilidad económica y pobreza. Nadie está satisfecho con el enfrentamiento colombo-ecuatoriano. (O)










