Imaginen que Faustino Rayo no logró asesinar al presidente Gabriel García Moreno, ¿qué habría ocurrido en la historia ecuatoriana? Imaginen que Eloy Alfaro no fue arrastrado por las turbas y asesinado en el parque El Ejido, en Quito, ¿qué se podía esperar de su previsto exilio? Y todavía más: imaginen que en la reunión de Guayaquil, Bolívar y San Martín no llegaron a ningún acuerdo y este último no le cedió al primero que continúe la campaña emancipadora. Todas estas hipótesis, o bien llamadas ucronías, son un escenario interesante y provocador para la novela histórica.
Este tema surgió en la incorporación del novelista Carlos Arcos Cabrera como miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua realizado el sábado 17 de enero de 2025. En la conferencia de recepción, Arcos Cabrera trazó un panorama sugerente sobre la novela histórica ecuatoriana, él mismo autor de una de las más notables publicadas en los últimos años, Un día cualquiera (Planeta, 2022), ambientada en España y las colonias americanas en el siglo XVI. Preocupado por analizar la literatura ecuatoriana como lo ha hecho en varios artículos y ensayos, Arcos Cabrera invitó a revisar novelas históricas de las últimas décadas que se han preocupado por visitar la historia del Ecuador en la Independencia y en el periodo republicano. Desde Manuela (1991) de Luis Zúñiga, pasando por Alfaro en la sombra (2012) de Gonzalo Ortiz Crespo; Expiación (2012) de Juan Ortiz García; Los montoneros de Dios (2018), de Alfonso Reece, entre otras novelas históricas más próximas publicadas en una coincidencia extraordinaria entre 2021 y 2022, como la de Iñigo Salvador, 1822; El fuego interior, de Águeda Pallares (en realidad, una saga compuesta por tres novelas alrededor de Sucre), El bicho que se bajó del tren, de Benjamín Ortiz Brennan, y Las secretas formas del tiempo, de Diego Araujo Sánchez. A este listado yo le sumaría Sé que vienen a matarme, de Alicia Yañez Cossío, y El fuego y la sombra de Juan Valdano, ambas de 2001; los dos primeros tomos de la novela total Crónica del breve reino (2006) de Santiago Páez, titulados Rolando y Aquilino, ambientados en el siglo XIX y mediados del siglo XX, así como otra del mismo Alfonso Reece, Morga (2007).
El interés de Carlos Arcos Cabrera se centraba en las novelas publicadas en los últimos cinco años, como una especie de termómetro por el género histórico, advertía, debido a las crisis internas del país y la injerencia de las fuerzas globalizadoras. En su análisis, recorrió matices importantes, como el protagonismo mayor de las mujeres pero también la ausencia de estratos populares. Siempre el gran riesgo de las novelas históricas es que lo histórico termine superando lo novelístico, y una cierta intencionalidad patriótica o nacionalista devore la exigencia de fuerza que debe tener toda novela, por encima de su propio tema, en un equilibro que el mismo Carlos Arcos Cabrera supo resolver con talento en Un día cualquiera, donde en medio del escenario estremecedor de una España que persigue a judíos y una América Latina que se revela espectacular y casi inverosímil por lo fabulosa, la novela jamás pierde la tensión propia de los dos hermanos que la protagonizan.
A la reflexión de Carlos Arcos, siguió el discurso de respuesta por parte de la Academia a cargo de Gonzalo Ortiz Crespo, que advirtió o promovió que la coincidencia de novelas de este tipo podría señalar el momento de una “nueva épica ecuatoriana”. Más allá de la creación de una etiqueta que resulta veraz y pertinente, me llamó la atención otra observación de Ortiz Crespo respecto a la carencia de novelas históricas contrafactuales, como las hipótesis con las que empecé este artículo. El siglo XX ha tenido ejemplos maestros de estas novelas, como la de Philip K. Dick, El hombre en el castillo, en la que los nazis ganan la Segunda Guerra Mundial, o la de Jesús Torbado, En el día de hoy, donde el bando republicano gana la Guerra Civil Española, o la fantasía de Un guión para Artkino, de Fogwill, en la que Argentina forma parte de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Esta preocupación por lo contrafactual enriquece el diálogo sobre la novela histórica porque la desafía, no porque no exija un rigor de documentación, sino porque apuesta a escenarios conjeturales complejos. Y este quizá es el camino para una nueva novela histórica en el Ecuador, donde se dé un vuelco al mimetismo histórico, o dicho en otras palabras, a la dependencia del realismo. Otra de las novelas de Arcos Cabrera, Memorias de Andrés Chiliquinga, juega con reescribir el peso histórico y simbólico del protagonista homónimo de Huasipungo, de Jorge Icaza. Es un buen ejemplo de la libertad con la que el novelista se ha sabido desenvolver en su ficción. A fin de cuentas, concluía en su reflexión, el dilema del lector oscila entre tomar esas novelas como estudios históricos o como ficción. A lo que responde que lo mejor siempre será tomarlas como “ficción pura”.
El término me quedó rondando en medio del auditorio lleno de la Academia. ¿Existe la ficción pura? Existe, claro está, la comprensión de que la ficción responde a la necesidad humana de liberar las coordenadas rígidas de lo que se considera real y unívoco. A eso aludía el novelista. Lo cierto es que la ficción está atravesada de mil y una impurezas, y jamás da cuenta de ninguna realidad objetiva porque se vale de lenguaje. Pretender que la novela revele lo real es partir de un principio equivocado: el lenguaje jamás toca la realidad, la bordea, la ronda, la observa, la acecha, incluso la desea con fervor, trata a veces de retener sus contornos y la música de sus fantasmas de carnes y hueso. Los retiene por un momento y se le escapan. Precisamente esta imposibilidad, aunque resulte paradójico, es la que le da vuelo y mayor grado de plasticidad, aunque nos haga creer que ha retratado la realidad. (O)










