Vivimos tiempos ásperos. Un mundo donde los gobernantes proclaman que la paz es fruto de la fuerza; donde todavía hay países que, en nombre de tradiciones intocables, reducen a las mujeres a objetos al servicio de otros. En ese contexto, el libro: La audacia de los sueños, de Anunzziatta Valdez, no llega como un discurso más, sino como agua fresca en medio del desierto. Llega para recordar. Para iluminar.
Anunzziatta ha marcado un antes y un después en la lucha por la equidad y la defensa de los derechos humanos, especialmente de las mujeres. Fue parlamentaria, concejala, abogada; fundó asociaciones de mujeres, impulsó la participación ciudadana. Hoy coordina espacios de reflexión ética y social. Presidió la Comisión de la Mujer, el Niño, la Juventud y la Familia en el Congreso Nacional en 1998, que presentó el Código de la Niñez y Adolescencia aprobado en enero del 2000. Impulsó la ley de igualdad de oportunidades para la representación política de las mujeres, rompió paradigmas
El legado de Anunzziatta Valdez
La primera parte del libro es especialmente valiosa porque nos lleva al origen. A leer su vida con el espejo retrovisor. Cuando se han vivido muchas vidas en una sola, cuando ya no es lo que era, y lo que es lo ve con los ojos de ahora, tenemos un testimonio decantado, queda lo importante. Ese territorio que tantas veces se omite cuando hablamos de cambios sociales.
Un padre autoritario, expresión de un modelo patriarcal profundamente arraigado, que cuidaba que a su familia no le faltara nada. Una madre bondadosa, pero frustrada y sin embargo atenta a cobijar a quienes necesitaban de ella.
Ese fue el primer paisaje humano que conoció. Lo presenta no para juzgarlo, sino para comprenderlo. Nos permite asomarnos a ese territorio íntimo del que nace lo demás. Porque, como ocurre con la semilla más pequeña o con la explosión inicial del Big Bang, todo está en el comienzo: en la raíz y en la tierra que la cobija. Ninguna transformación profunda surge de la nada ni se sostiene solo con consignas.
Su trayectoria es múltiple, pero no dispersa. Hay un hilo conductor que la atraviesa de principio a fin: tuvo siempre claro que no sería espectadora de su tiempo, sino protagonista. Nada fue ingenuo ni lineal. Todo fue germen.
Anunzziatta no creció únicamente hacia afuera. Creció, sobre todo, hacia adentro. Hacia la serenidad y una paz interior que nunca la apartó del mundo, sino que la comprometió más con él. La muerte de su hija la marcó, pero no la hizo amarga. De ahí su manera de hacer política y acción social: trabaja en equipo, hace crecer a los demás, sabe conducir sin aplastar. Es estructura, pero también apertura; firmeza, sin rigidez. Donde otros levantaron muros, ella abrió puertas.
En tiempos donde el descrédito parece cubrirlo todo, donde la corrupción erosiona la confianza y empuja al cinismo, conocer una vida vivida con coherencia es más que un ejercicio biográfico. Es un acto de resistencia. Compartir una historia que proyecta luz, que abre caminos y señala horizontes, es un regalo que merece ser recibido con regocijo.
Su libro no es solo memoria personal, es un faro. Y los faros no calman la tormenta, pero ayudan a no naufragar. Nos recuerdan que, incluso cuando los valores parecen ocultarse, hay vidas que los encarnan. Y eso, hoy, es necesario. (O)









