La fragmentación de la región en términos internacionales se expresa en la debilidad de sus organismos multilaterales y de su presencia mundial. Ni siquiera, el más antiguo y con la densidad institucional más importante de todos, la OEA, ha sido capaz de contar con consensos o mayorías que puedan fortalecerla para intervenir en los conflictos entre los Gobiernos de sus países. Igual situación enfrenta la Celac, que agrupa a países de América Latina y el Caribe, que tiene una capacidad muy limitada de alcanzar consensos y que requiere unanimidad para declaraciones.

La ausencia de posiciones comunes debilita las capacidades internacionales de los países de Latinoamérica, que requieren asociarse para ser relevantes. Ni siquiera las economías más grandes tienen incidencia global, con la excepción de Brasil, y parte de la explicación tiene que ver con la volatilidad de los resultados electorales que impactan en las políticas exteriores. La región ha oscilado en el siglo XXI con agendas que van desde las izquierdas radicales hasta el conservadurismo más rancio, sin construir identidades comunes que permitan producir líneas de acción estable que generen identidad internacional.

La primera década del siglo estuvo marcada por la emergencia de Gobiernos que tendían hacia la izquierda expresada por personajes como Hugo Chávez, Lula o Michelle Bachelet; en la segunda década la recesión global acabó con la bonanza de los bienes primarios y vio aparecer opciones de derechas como Bolsonaro y numerosos gobiernos conservadores en Centro y Sudamérica. Las elecciones de este año en Perú, Colombia y Brasil son cruciales para el conjunto del hemisferio, pues pueden redefinir las dimensiones de la dispersión latinoamericana.

El caso de Perú es especial. Lo más probable es la elección de un gobierno de derecha de acuerdo con las dos primeras candidaturas. El tema es la inestabilidad crónica del Ejecutivo, consecuencia de una Constitución híbrida, entre presidencialista y parlamentaria, que le da atribuciones al Congreso de deponer al presidente en cualquier momento.

En Colombia y en Brasil los escenarios están abiertos. Como hace cuatro años, en que los resultados electorales entre las candidaturas que disputaron la segunda vuelta fueron muy cercanos, en esta ocasión el escenario parecería repetirse. Si los conservadores ganaran en los dos países, tendremos un hemisferio occidental muy articulado a los intereses de Washington. Si las izquierdas triunfan tendrían una ventana de oportunidad, que puede ser efímera, para intentar un proyecto de bloque regional ideológico, no necesariamente común, que los vincule a agendas globales representando a Latinoamérica.

Finalmente, la elección más importante para la región se produce fuera de ella. Es la de medio término en EE. UU. La ratificación de la deriva radical, expresada por los adeptos a Donald Trump, intensificaría la división latinoamericana. Una victoria demócrata no implicaría un cambio mayor de la política exterior, pero sí, tal vez, controles que podrían moderar las conductas intimidatorias y abrir oportunidades para reducir la agresividad de la polarización vigente entre Gobiernos del hemisferio. (O)