Mientras algunas personas coleccionan monedas o estampitas, Benedictus Haase, más conocido como ‘Benito’ en Salinas, guarda más de 5.000 huesos en su hogar. Y no, no se trata de un cementerio.
Entre delfines en formol, osamentas de ballenas y esqueletos de cachalotes, Ben ha dedicado su vida al estudio, investigación y preservación de estos mamíferos acuáticos en el Museo de Ballenas de Salinas, institución independiente que fundó en 2004, y que lleva más de 20 años atendiendo al público.
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En paredes, rincones, techos y hasta convertidos en ‘asientos’, cada hueso cuenta la historia de un cetáceo. “Una vez que ves una ballena no puedes soltarte de esa idea”, narra Ben en un perfecto español, justificando su pasión por estos animales.
El museo está dividido en secciones a lo largo de un interesante e interactivo recorrido de aproximadamente media hora, guiado por el propio Ben, quien habla cinco idiomas y ha recibido a visitantes de más de 75 países de todas las edades.
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Desde la parte de afuera de la vivienda, ubicada en la av. General Enríquez Gallo, a dos cuadras del Hotel Colón, se puede observar un esqueleto de ballena picuda que decora el balcón.
“El hombre sabe más de la luna que de la vida de esta ballena”, dice Ben mientras señala los restos. Según indica, el espécimen es extremadamente raro y ha sido avistado muy pocas veces a nivel mundial, debido a su carácter tímido. “Este esqueleto es la única prueba que tenemos de que esta ballena estuvo en aguas ecuatorianas”, agrega Ben.
A la entrada del museo los visitantes también tienen la oportunidad de literalmente pararse dentro de la mandíbula de un cetáceo, pues lo que parecen postes color marfil, son en realidad huesos de un ejemplar de ballena de aleta encontrado en la parroquia Chanduy, en 2019.
“¿En qué otro lugar del mundo podrías sentarte en la cabeza de un cachalote?“, bromea Ben mientras invita a los visitantes a tomar asiento en otros huesos que a simple vista simulan un trono, pero en realidad conforman parte del cráneo del animal con el cerebro más grande del planeta.
Aunque se desenvuelve como si fuera un costeño más, su amor por la fauna marina surgió lejos de nuestras tierras, pero cerca de su familia. “Hace más de 38 años, yo vine importado desde los Países Bajos en Europa”, narra el naturalista, quien, aunque no es biólogo de profesión, tiene conocimientos en aves playeras y marinas de la costa ecuatoriana.
“En mi familia, somos siete hermanos. Una de mis hermanas estaba estudiando en París, donde conoció a un ecuatoriano, se casó con él y vino a vivir acá a Ecuador”, recuerda. “Ella siempre nos invitaba a visitarla, así que llegué en 1986″, indica Benito.
Haase, quien estaba acostumbrado a realizar avistamiento de ballenas en La Haya, su ciudad natal, se sorprendió por el poco interés e información sobre estos mamíferos en la costa ecuatoriana.
Por ello, desde su llegada, junto con voluntarios de la FEMM (Fundación Ecuatoriana para el Estudio de Mamíferos Marinos) han colectado especies varadas en la playa.
Aunque actualmente el Ministerio del Ambiente es el encargado de los casos de varamiento, cuando esta institución no existía, Haase y sus compañeros eran quienes se encargaban de registrar y estudiar los hallazgos. Incluso, hoy en día aún son consultados en calidad de especialistas.
Uno de los ejemplares que más llama la atención en el museo es el esqueleto de una ballena jorobada de 12 metros. Según los estudios realizados por Ben y otros investigadores el animal tuvo un cable atado alrededor de su cuerpo por lo menos un año, por lo que terminó cortándose su propia columna.
‘Es una realidad muy triste, pero se aprende a aceptarlo y sirve para la investigación. La mayoría de muertes de ballenas ocurren por interacción con el ser humano, por culpa de redes o colisiones contra embarcaciones’, afirma.
Una vez en la playa, Ben junto con otros voluntarios ayudaron a separar la carne del hueso durante tres días, tarea que no es nada fácil, pues se realiza a mano, con la ayuda de cuchillos, en medio de los restos que emiten malos olores por la descomposición.
A pesar de su entusiasmo, Ben enfrenta una preocupación frente a su creciente colección de huesos. “El espacio de nuestra casa es muy pequeño. Nosotros no queremos llenar cada metro con un esqueleto porque no se podría caminar por el museo”, indica.
Por ello, se le ha ocurrido el proyecto de construir una plataforma en su patio trasero. Este segundo piso permitiría exhibir un segundo esqueleto de cachalote. Haase ha calculado que el costo sería de unos $ 9.000, por lo que se encuentra en la búsqueda de ayuda para expandir la institución.
“Ya tengo a los voluntarios que me van a ayudar a montar el esqueleto, pero primero necesitamos el material de construcción para montar la plataforma. El esqueleto pesa más de 500 kilogramos. Por eso necesitamos cemento, piedra chispa, varilla, madera, para que la estructura sea resistente”, recalca Ben.
El Museo de Ballenas de Salinas atiende de lunes a domingo en un horario de 08:00 a 20:00, con previa cita, pues Ben a veces sale de excursión. “No cobramos la entrada ni la salida, pero solo cuando el visitante esté contento con el recorrido, se espera una donación de $ 3 por persona”, aclara Haase.
Para poder contactarlo, el público puede escribirle a su correo bhaase2012@gmail.com. (I)