En 1996, la escritora guayaquileña Liliana Miraglia publicó su segundo libro de cuentos. Un volumen que salió a la luz con el sello quiteño Abrapalabra Editores, en cuya contraportada, el escritor Miguel Donoso Pareja anotaba: “Suma de ademanes aparentemente inocentes, este libro nos envuelve y captura en una ‘dimensión otra’, una atmósfera en la que no sabemos si nos están enrostrando un reproche o una risa prolongados”.

Donoso conocía bien la narrativa de Miraglia, pues en la década de los 80 ella fue una de las integrantes de los talleres que él impartió en Guayaquil. Como producto de esa experiencia, la autora publicó La vida que parece en 1989. También publicaron libros, en esa misma fecha, otras tres integrantes del taller de Donoso: Gilda Holst, Livina Santos y Marcela Vintimilla. Quizá entonces comenzó lo que ahora conocemos como la eclosión de la narrativa guayaquileña escrita por mujeres.

Decía Donoso que, si bien las mujeres entran tardíamente a la literatura nacional, es notoria una mayor producción a partir de la década de 1980. Una opinión similar ofrece Cecilia Ansaldo en la antología Cuentan las mujeres, en la que menciona como una de las razones para este crecimiento el estímulo considerable que significó el surgimiento de los talleres literarios.

Este 2024, que está por terminar, nos trajo de vuelta a varias de las autoras que surgieron en las décadas de los 80 y 90. Liliana Miraglia, por ejemplo, volvió a publicar luego de 28 años. Dio a conocer una novela breve, que se titula París 5. Lo hizo con el sello b@ez.editor.es.

Es una especie de crónica, podría pensarse, pero a la vez es mucho más que eso, puesto que a la par que cuenta, la narradora se cuenta. No solo conocemos París, sus calles y lugares, y las sesiones de psicoanálisis a las que va la narradora, sino que a través de estas páginas acompañamos al singular personaje narrador. Conocemos sus incertidumbres, decisiones o indecisiones, sus acciones y omisiones. Está allí la vida.

Es una novela que se lee con deleite y curiosidad y en la que se encuentra el sello inconfundible de la autora. Ojalá vengan más libros. La nota triste del año literario fue el fallecimiento de Gilda Holst, una escritora clave, quien junto con Liliana Miraglia les pusieron rostro femenino a las letras guayaquileñas de finales del siglo XX. (O)