¿Cómo lo hizo?, le pregunté a un jardinero cuando veía sus plantas totalmente florecidas. “El secreto está en tratarlas con cariño y, cada cierto tiempo, darles una buena poda” fue su respuesta, proporcionándola con un tono de total naturalidad. Pronto descubrí que, esa respuesta sencilla, contiene una profunda sabiduría que puede ser aplicada en la formación de las personas, pues los principios de la jardinería son muy similares a los del liderazgo. Aprendamos a contemplarlos desde la visión de un jardinero:

1. Visión a futuro. Así como un jardinero siembra una semilla sabiendo cómo se verá la planta en el futuro, un líder formador concibe el potencial de la persona aun cuando este no se encuentre totalmente desarrollado. Por eso, con paciencia sabe qué puede esperar en cada etapa de desarrollo, promoviendo desafíos y aceptando los errores como palancas para el crecimiento.

2. Es metódico y fiel al proceso, pero respeta los tiempos. Un jardinero conoce que las plantas no crecen a un mismo ritmo, pues hay varios factores que influyen en su desarrollo. Asimismo, un líder formador aplica un proceso de acompañamiento y enseñanza con métodos, pero intuye que cada persona es un mundo, con un recorrido particular, y los resultados podrían variar.

3. Realiza las correcciones que sean necesarias. El proceso de poda de una planta podría implicarle dolor, pero es necesario para que crezca fuerte. Si no me creen, pregúntenle a un productor de teca lo costoso que puede resultar si el árbol no es podado durante su ciclo de crecimiento. En el caso del líder formador, también debe realizar correcciones o “podas” cuando evidencia ciertas creencias que podrían dificultar el desarrollo o la asimilación del aprendizaje. Esto no implica, de ninguna manera, coartar la libertad de la persona, sino encauzar sus fuerzas para que las habilidades se manifiesten con mayor potencia.

Finalmente, hay una consideración adicional: la confianza de la persona en formación. Esta se teje desde “el cariño” que mencionó el jardinero, quien confía en sus propias habilidades, pero también en las de sus plantas.

Un líder formador, ya sea directivo, docente, entrenador, o incluso un padre, establece una relación de confianza en la que, como un riego constante, se expresan sus intenciones de buscar el bien y la verdad. En fin, ser un líder formador es deleitarse tanto del primer retoño que brota de la semilla como de recoger los frutos en la cosecha.