Luego de batallar durante seis años con un cáncer agresivo, el artista Gustavo Velásquez falleció a inicios de esta semana. El músico ecuatoriano, reconocido como una de las figuras más representativas de la cumbia andina, tenía 71 años.
Muere el cantante quiteño Gustavo Velásquez a los 71 años de edad
Conocido también como el ‘Amo de la Cumbia’, Gustavo Velásquez fue señalado como uno de los creadores de la cumbia andina, un género que marcó a generaciones y consolidó su lugar en la escena nacional.
En honor al maestro, compartimos detalles biográficos pocos conocidos de la mejor voz tropical ecuatoriana de todos los tiempos.
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Nació en Calceta, Manabí, el 7 de junio de 1954. A los 5 meses de su nacimiento, sus padres se trasladaron a Quito y lo inscribieron en la capital de la república.
Gustavo Velásquez, músico por pasión
Fue abogado y sociólogo de profesión, y músico por pasión. Su primer contacto con las melodías fue a los 5 años, cuando se presentó en radio Tarqui de Quito, en un programa infantil que se llamaba La patria y el niño.
De niño, Gustavo Velásquez tenía un sueño recurrente que lo visitaba en su cuartito de la casa paterna ubicada en en el Centro Histórico, en las calles Loja, entre Quijano y Barreiro.
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Se veía vestido de esmoquin impecable, en el centro de un escenario y con una luz brillante bañándolo por completo. El resto del proscenio era de un negro profundo, pero inundado de aplausos que trascendían el espacio.
“Es idéntico a lo que viví en Nueva York cuando tenía 19 años y me presenté en el Teatro Plaza, de Queens”, contaba con esa sencillez que le reconocen todos. “El escenario, las luces, el aforo copado… Esa bulla que llenaba todo… Eran igualitos”.
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Con el tiempo, presentaciones como la de Queens se convirtieron en rutina. La razón está en su su calidad vocal, su dominio del escenario y su carisma, que cautivó al público desde que pronunciaba su “¡Aquí estoy!“, uno de los anzuelos para atrapar a su audiencia.
La dupla de Gustavo Velásquez con Don Medardo Luzuriaga
Los cuánticos afirman que el azar es vital en el cosmos. Con Gustavo Velásquez parece que funcionó. Su comunión con Medardo Luzuriaga, músico lojano que tocaba en el Quinteto América y encontró su propio rumbo con Los Players, es anecdótica.
Fue en 1967. Medardo necesitaba de urgencia un tecladista, un conguero y un cantante romántico. Le recomendaron al jovencito Gustavo quien, luego de las pruebas respectivas, dio con suficiencia el do, de pecho.
En un puñado de años, la orquesta se convirtió en la referente nacional de la música tropical y el tenor quiteño (cuya maestra de canto fue la chilena Blanca Hausser) se convirtió en el cantante principal. El repertorio incluía cumbias, salsas, mambos… Y la cumbia andina, que resucitó canciones y las puso en sintonía con los jóvenes.
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Esa colaboración se prolongó, con idas y vueltas, por dos décadas. Don Medardo fue su padrino de matrimonio y, también, de bautizo de su primogénito. Ese vínculo y respeto mutuo se mantuvo siempre, como hasta ahora con los herederos del maestro. Pero la vida es una suma de muchos caminos y Velásquez, el artista, también los transitó.
Gustavo Velásquez estuvo en Los Hispanos de Colombia
A inicios de 1970, Rodolfo Aicardi, inamovible de Los Hispanos, se retiró de esa popular orquesta colombiana. Luego del clásico tira y afloja, Gustavo firmó con esa agrupación. Su periplo fue exitoso e incluyó éxitos rotundos como Violencia, que se convirtió en un himno del pacifismo continental.
En 1975, en cambio, Álvaro Zapata, mánager de los Billo’s Caracas Boys, lo convence para que reemplace al ‘Puma’ José Luis Rodríguez como cantante principal de esa banda venezolana. La contratación se dio en medio de la tradicional Fiesta de Blancos y Negros.
Ahí estuvo hasta que el trajín de su profesión, el amor filial (con esposa e hijo a cuestas) y la ‘saudade’ por la tierrita le conminaron a volver a la cuna del pasillo, el albazo y el pasacalle. Luego de visitar nuevamente pueblos y ciudades con Don Medardo, decide darse un respiro y trabajar con más calma.
Estas son las melodías de Gustavo Velásquez
El artista destacaba Mi amigo el cóndor, por todo lo que le significó en su carrera a nivel internacional.
También tiene un afecto especial por El Aguajal, canción popular que se convirtió en su carta de presentación.
Violencia conforma su póker de ases, porque le hizo conocido a nivel global.
La cuarta tiene un argumento más íntimo. Se trata de Por qué llamar a eso amor, pues fue la primera que grabó un cover de la canción del argentino Sandro.
En el ínterin, ‘El amo de la cumbia’ se dio tiempo para proyectar su vena romántica y de compromiso social y participó en el Festival OTI de la Canción Iberoamericana de 1987, en Lisboa. Lo hizo con la canción Mi amigo el cóndor. Alcanzó el segundo lugar y eso porque, según sus palabras, “le dejaron solo, sin ese apoyo publicitario que ya en ese tiempo era fundamental para el triunfo”.
Entonces comienza su período de alianzas: cantar junto a grupos nacionales prestigiosos, entre ellos La Orquesta de Cheo, Los Reyes del Norte, Sonora Los Paladines, Los Bravos de Manabí, Los Cumbancheros, Los Tito’s, Santana Internacional de Cuenca, Los Yanquis de Ambato, Franklin Band, La Papaya Dada.
Su voz estaba casi intacta, su cuerpo (su cadera más bien) sintieron los rigores del tiempo y las demandas de su oficio. Por eso cantaba sentado, pero esperaba hacerlo nuevamente de pie. Y así complacer, como él decía, “a mi gente, gente, de mi barrio, barrio”. El mejor eslogan que definió su cara a cara con los fans.
Quién era el doctor Gustavo Velásquez
Gustavo contaba que amaba los abrazos largos y los cariños aún más extensos. Tanto es así que se casó con su vecina de barrio, Nelly Guevara, a quien conoció cuando apenas eran niños. Juntos han criado cinco hijos: Nelly Elizabeth, Lenin, Ángel, Milton y Nelly Anahí.
En medio de la música se dio tiempo para graduarse como sociólogo en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y abogado en la Universidad Técnica Particular de Loja. También decía, con algo de pena y rubor, que dejó arquitectura en la Universidad Central después del tercer año, pues descubrió que no era lo suyo.
Con esas credenciales, fue embajador del Ecuador en Venezuela durante el gobierno del Dr. Rodrigo Borja.
Amó el fútbol y fue hincha del Aucas, una herencia que le llegó por línea paterna. Con decir que de niño hasta le bautizaron como ‘Pocito’, pues su desempeño en las canchas se parecía al de ese crack del equipo expetrolero, Gonzalo Pozo Ripalda.
También fue fanático de la fiesta brava, disciplina que amó desde joven. Fue amigo de referentes del toreo ecuatoriano como El Judío, Édgar Peñaherrera, Calahorrano y El Pireo. Y aunque no debutó como novillero, se convirtió en un aficionado de pinta y solera, que abría corridas, como sucedió tiempo atrás en el tentadero que posee Sangolquí. (E)








